martes, 31 de mayo de 2011

El arte y la lucha de clases.

Quiere la fortuna, el destino, el azar o lo que sea que coincidan en el tiempo y a muy escasa distancia la una de la otra dos exposiciones que representan los dos polos de la lucha de clases en el ámbito artístico. Quiere igualmente tan traviesa fuerza que el arte que ambas exhiben sea la de la fotografía. Son la exposición sobre Jacques Henri Lartigue del Caixaforum, titulada Un mundo flotante. La fotografía de Jacques Henri Lartigue y la otra la que puede verse en el Reina Sofía, a tiro de piedra de la anterior Una luz dura, sin compasión. El Movimiento de la Fotografía Obrera, 1926-1939. Los dos polos de la lucha de clases, la burguesía y el proletariado a través de la fotografía.

Lartigue es hijo de un rico banquero que le regala su primera cámara a los ocho años. El niño se aficiona al arte y le dedica su larga vida (1894-1986), realizando una enorme cantidad de fotos acompañadas de unos diarios en los que va anotando sus impresiones. Esa imagen del niño que a los ocho años se fotografía en la bañera con mi hidroplaneador de juguete, haciendo que la criada accione el disparador de la máquina recuerda el mundo de Marcel Proust, de las clases ricas en París de principios del siglo XX. El propio Lartigue afirmaba que él pretendía fotografiar la felicidad. Por eso, esa foto de mi cuarto con mi colección de coches de carreras, tomada a ras de suelo con nueve años, revela un entorno de lujo, de vida de niño rico.

Y eso es lo que estuvo fotografiando, ciertamente que de modo personalísimo, muchas veces genial, toda su vida: el lujo, la riqueza, el dinero, la dolce vita de la burguesía, sus hermosas mujeres en el Bois de Boulogne en 1911, sus entretenimientos preferidos, los aviones, los coches de carreras, las estancias en playas de la Costa Azul, en Normandía, sus refinados entretenimientos. A lo largo de los años veinte y treinta del siglo XX no hay una sola referencia en esta obra fotográfica a los conflictos sociales y políticos de la época, producto de la gran crisis económica de 1929 que mandó a la gente al paro, a la miseria, al hambre.

El arte de Lartigues es extraordinaria, tiene un dominio del encuadre sin igual y transmite al tiempo la impresión de un mundo real y evanescente. Retrata a sus parientes, a sus primos, a sus mujeres, a veces en actitudes poco convencionales, como en el retrete y siempre los representa sorprendidos, cual si no supieran que los estaban fotografiando, y en muchos casos no lo sabían, por ejemplo, en los retratos que tomaba de las paseantes por el Bois, captadas à la dérobée al igual que haría más tarde Walker Evans, que fotografiaba a la gente en el metro de Nueva York sin que se diera cuenta, mediante objetivo disimulado.

Es un mundo fascinante, tan perfecto y ordenado que incurre en todas las contravenciones o sorpresas permitiéndose el lujo de no dar nada por supuesto y esos son los momentos que capta Lartigues, quien ejerció también como pintor, aunque con mucho menos éxito, pero no dando la impresión de que se trata de algo excepcional sino perfectamente cotidiano: una rueda torcida de una máquina de jugar a derrapar por los caminos, la caída involuntaria a la piscina desde un trampolín, los saltos repentinos de una jugadora de tenis. La fotografía de Lartigues es la fotografía de los triunfadores.

En el Reina Sofía, a escasos doscientos metros, se exhibe la fotografía de los perdedores.

Se trata de una exposición del movimiento llamado de la fotografía obrera, en unos años de conflictividad social agudizada. Este movimiento tuvo dos polos, el llamado "conglomerado" mediático de Willi Münzenberg en Alemania y el movimiento llamado Foto Soviética en la Unión Soviética. Los dos eran hombres del Partido Comunista y de la IIIª Internacional. El "conglomerado" de Münzenberg abarcaba la famosa revista Die Arbeiter Illustrerte Zeitung (AIZ), periódicos diarios, una editorial y una productora de cine, con una fuerte presencia social en la Alemania de la época ya que sólo la AIZ tenía una tirada de medio millón de ejemplares. Mijail Koltsov fue el alma de la política de impulsar la fotografía amateur en la URSS para que fuera el propio proletariado quien narrara sus condiciones de vida y trabajo a través de este medio mecánico y artístico.

Había una intensa colaboración entre el polo alemán y el soviético, con frecuente intercambio de material. Los dos habían llegado a la misma conclusión: que la fotografía era un arma decisiva en la lucha por la emancipación de la clase obrera... a condición de que la realizara el propio proletariado, para evitar los sesgos de los fotógrafos burgueses. En la obra de estos únicamente se reflejaba su mundo y nada del de los trabajadores, sus condiciones de vida, su miseria, la explotación. Eran los tiempos en que seguía rigiendo la idea de que la emancipación de los trabajadores había de ser obra de los trabajadores mismos.

Pero esta era la ideología. En la práctica, el material que los obreros enviaban a las publicaciones (AIZ, Fotografía soviética y otros medios de propaganda) solía ser impublicable de forma que, en definitiva, el movimiento de la fotografía obrera estuvo siempre dominado por los fotógrafos profesionales, Tina Modotti, Eugen Heilig, Arkadi Shaiket, Semen Fridliand, Robert Capa, Gerda Taro, etc y, por supuesto, el caso especialísimo de John Heartfield (quien había "anglificado" su nombre germánico de Johann Herzfeld), inventor del fotomontaje y autor de alguno de los más famosos, como el que se ve aquí.

Münzenberg, quien había comenzado en las juventudes comunistas, puso en marcha la Internationale Arbeiter Hilfe (IAH) para ayudar a la Unión Soviética durante la hambruna de 1921, de donde saldría el Socorro Rojo y de la necesidad de difundir su mensaje acabó surgiendo la AIZ. Era un genio de la propaganda. Consiguió la colaboración de prestigiosas figuras de las artes, la foto, el cine, Barbusse, Paul Strand, Joris Ivens. Sobre todo el último, hizo un documental de propaganda sobre la Unión Soviética. Münzenberg acabó enfrentado a la Internacional y al Partido Comunista y murió en circunstancias poco claras de un tiro por la espalda en una evacuación en Francia. A su vez, Koltsov fue el gran maestro de la propaganda soviética y como tal, enviado a la guerra civil de España como corresponsal soviético y agente ruso. A su regreso a la URSS fue detenido en la Gran Purga de 1940 , condenado y ejecutado ese mismo año.

Los fundadores del movimiento corrieron una suerte parecida al mismo movimiento. Este, que pretendía retratar y dar a conocer las luchas del proletariado occidental y su miserable situación tanto en Europa occidental como en la URSS así como la vida de los obreros soviéticos en el exterior pereció con el triunfo del nazismo en un lado y la imposición definitiva del estalinismo en el otro. La primigenia idea de elaborar una fotografía de clase frente a la fotografía burguesa, individual, acabó convertida en una fotografía del Estado, oficial, frente a la libre occidental.

Pero, mientras duró, la fotografía obrera fue un aldabonazo en la conciencia social, la repentina confirmación de que, por debajo de la superficie de un mundo tranquilo y elegante, rugía una tormenta de injusticias y rebeliones que tarde o temprano saldría a la superficie como una guerra o una revolución.

La lucha de clases. La fotografía de Lartigue es el reflejo elegante de un mundo en decadencia, al borde del abismo pero que ha sobrevivido y en el que las personas están tomadas en su radical individualidad. La del movimiento de la fotografía obrera es el de un mundo revolucionario que se quería emergente y nuevo pero que no se ha conservado y en el que las personas simbolizan grupos, clases enteras y los conflictos que relatan son colectivos.