jueves, 9 de diciembre de 2010

Luchas en espacios simbólicos,

El euro se tambalea. El rostro claro, nítido, visible de la Unión Europea, pues que todos los demás, humanos o institucionales, son borrosos (¿alguien recuerda últimamente algo del evanescente señor Van Rumpuy?), está en peligro. La propuesta de Jean-Claude Volcker, el PM de Luxemburgo y presidente del Eurogrupo (el único político con altura de miras de la UE, según Helmut Schmidt), de emitir eurobonos y poner en marcha para ello una institución europea de crédito se ha dado de bruces con la obstinada negativa de Alemania. La señora Merkel no quiere que su país acabe pagando los platos rotos de los Estados endeudados. Volcker piensa que los alemanes son "simples"; pero Austria y los Países Bajos los apoyan. Si se emiten eurobonos, los países en riesgo de quiebra aflojarán en sus esfuerzos por salir de la crisis.

Muchos, entre ellos el presidente del FMI, piensan que hay que reforzar políticamente el euro, que hay que avanzar hacia una mayor integración de la UE, especialmente de la Eurozona, si se quiere que el euro sea una moneda creible. Mientras esto no suceda será vulnerable y corre el riesgo de hundirse. Y en esto la señora Merkel parece tener las ideas muy claras: "si fracasa el euro", dice, "fracasa Europa". El euro es pues una idea, un símbolo, el símbolo de Europa, de la legendaria y mítica Europa, la del rapto. Merkel, por supuesto, no quiere pasar a la historia como la enterradora del euro; pero tampoco quiere que sea Alemania quien pague el rescate.

No sé si fracasaría Europa; ni siquiera si fracasaría la Unión Europea; en todo caso, lo haría la Eurozona, es decir, esa clara manifestación de la vieja idea de la Europa de las dos velocidades. Lo que Frau Merkel no parece entender es que, en cualquiera de los dos casos, euro sí (con eurobonos) o euro no, Alemania pagará las consecuencias. Con la diferencia de que, en el caso del no, las consecuencias las pagará también el proyecto de integración política de Europa, que sufrirá un marcado retroceso. Justo en el momento en que, cara a una crisis global, lo más sensato que puede hacer Europa es integrarse hasta constituir una entidad económica y políticamente relevante en el escenario global y no un mero conjunto de Estados a quienes los chinos compran y venden lo que quieren y los Estados Unidos dan órdenes.

La moneda es un testimonio, un termómetro, un monitor de cómo se encuentra una economía perteneciente a una entidad política; pero es imposible evaluar la situación de una economía perteneciente a dieciséis entidades políticas.


El otro simbolismo del momento, el episodio WikiLeaks, continúa haciendo estragos. No contentos con intentar criminalizar como terrorista a Assange, algunos políticos yanquies, como el senador Joe Lieberman, que parece haber perdido la Minerva, amplian el rango de sus diatribas y apuntan ahora a la prensa, como el New York Times. Y quien dice el NYT dice The Guardian, etc. Van por los periódicos. Resulta obvio: si se acepta que WikiLeaks ha infringido la ley de secretos oficiales (o la que sea), lo mismo han hecho las cinco publicaciones que han difundido los cables fatídicos. Si se persigue a Assange, hay que perseguir los periódicos. Hay que ser consecuente, pensará Mr. Lieberman.

A propósito de los periódicos hay una curiosa campaña en la blogosfera para pedirles que, ya que se han beneficiado de los papeles de WikiLeaks, contribuyan ahora cuanto puedan a la defensa y liberación de Assange. Se pueden escribir cartas al director que se encuentran en los respectivos idiomas del medio en el blog El Teleoperador. Pues sí, creo que está en el interés de los periódicos defender su fuente y ayudar a Assange en su lucha por la libertad de expresión.

Tanto el senador Joe Liberman como todos cuantos piden persecución penal para Assange por revelación de secretos debieran sopesar los pros y contras de su empeño. Quienes dramatizan con voz engolada la cuestión de la defensa nacional deben precisar de qué diablos hablan. Pasan los días, los secretos se amontonan a la vista del respetable y aquí no sucede nada; no estalla una guerra, ni hay atentados o secuestros, ni siquiera disturbios callejeros. Todo lo que sucede es que los Estados Unidos se revelan ante el mundo como un Estado de matones y los demás, excepción hecha de la China, en parte Rusia y Francia, y los irreductibles Cuba, Venezuela y Bolivia, aparecen como lacayos y tiralevitas. Pero nada más. Es incómodo y vergonzoso para los implicados, pero no es peligroso para nadie. El impacto de WikiLeaks se da más en el terreno simbólico que en el real. En el simbólico es una bomba; en el real, apenas se percibe. Por eso es tan absurdo hablar de defensa nacional. Es no querer ver que la cuestión, la guerra, es virtual, digital, por la justificación y permanencia o no de unos u otros métodos de gobierno.

Los contra son muy importantes. De insistir en la persecución penal de Assange se causará un daño irremediable al principio de la libertad de expresión, que es la piedra angular de Occidente. Cargar contra los periódicos ya muestra claramente el síntoma. Detrás vendrán los libros, el teatro, las películas y tendremos la censura establecida de nuevo, fisgando y rastreando todos los días la red. Un panorama imposible.

Aunque parezca un chiste, está previsto que este año de 2011, del primero al tres de mayo, Washington acoja la celebración del Día mundial de la UNESCO de la libertad de expresión. Si se leen con atención la exposición de motivos y los criterios por los que se regirá la otorgación del premio está clarísimo que tendrán que darselo a Assange.

(La primera imagen es una foto de hegarty_david; la segunda, de gwydionwilliams, ambas bajo licencia de Creative Commons).