miércoles, 12 de noviembre de 2008

El arte feo y la poesía.

La sala Minerva del Círculo de Bellas Artes exhibe las quince litografías con que Jean Dubuffet ilustró el poemario de Guillevic, Les murs y algo más de obra litográfica del inventor del art brut. Dubuffet es uno de los principales artistas franceses contemporáneos aunque, por el carácter extremo y provocativo de su producción, no tenga universal aclamación. Ni él mismo vio claro hasta muy avanzada su vida si quería ser pintor o comerciante de vinos, como su padre. Se decidió finalmente por la pintura en la que obtuvo grandes éxitos. Criado, que no educado, pues en pintura fue sobre todo autodidacta, en el clima del surrealismo, muchos dicen que lo abandona para desarrollar su estilo personal y otros, entre quienes me cuento, que lo lleva a sus últimas consecuencias creando una manifestación artística allende el campo racional y coleccionando obras de pacientes de psiquiátricos y de niños con las que luego fundó el Museo de l'art brut que se encuentra en Lausanne. Su propia obra en su conjunto es una especie de canto a lo irracional con elementos estéticos típicamente infantiles.

En esta exposición llaman mucho la atención algunas litografías que reproducen un tema caro al artista, el del pisseur, esto es, el hombre orinando, como los de la derecha. Orinar es una de las numerosas cosas que pueden hacerse con las paredes (les murs) y más características de las actividades masculinas desde el comienzo de los tiempos. La insistencia en el tema pone a Dubuffet en una línea de creatividad que tiene antecedentes muy ilustres. Se recordará que las figuras de hombrecillos meando contra paredes de establos o casas son un signo distintivo de la pintura de Tenniers, casi una firma suya y que la Biblia Vulgata define a los hombres en repetidas ocasiones como mingentes ad parietem, los que mean contra la pared.

En cuanto al poeta bretón Guillevic (no le gustaba que se lo llamara por su nombre de pila) es hombre también tan peculiar y extraño como Dubuffet, así que en el poemario de Les murs se juntan tal para cual. Lo que sucede es que los poemas no son muy allá y no hacen justicia al tortuoso y fascinante espíritu de Guillevic. Es mucho mejor este poema de 1985, procedente del Arte poética, de 1985:

Si je fais couler du sable/De ma main gauche à ma paume droite,

C’est bien sûr pour le plaisir/De toucher la pierre devenue poudre,

Mais c’est aussi et davantage/Pour donner du corps au temps,

Pour ainsi sentir le temps/Couler, s’écouler

Et aussi le faire/Revenir en arrière, se renier.

En faisant glisser du sable,/J’écris un poème contre le temps.



Si hago que la arena se deslice/de la mano izquierda a la palma derecha.

Es por darme el placer/de tocar la piedra hecha polvo.

Pero sobre todo también es/Para dar cuerpo al tiempo

Para sentir así que el tiempo/corre, se desliza.

Y también para hacerlo/Retornar, renegar de sí mismo

Al hacer que se deslice la arena/Escribo un poema contra el tiempo