lunes, 24 de marzo de 2008

Amor de filósofo.

El amor es uno de los temas inagotables de la creatividad humana, algo sobre lo que no nos cansamos de hablar, de escribir o de leer, un tema de universal interés, por encima de las diferencias culturales, geográficas o cronológicas de los seres humanos. El amor es el hilo conductor de infinidad de relatos de todo tipo, la base explicativa de mitos y religiones y la clave de muchas construcciones filosóficas. Por eso me llamó la atención la idea del señor Muñoz Redón de escribir este curioso libro (Las razones del corazón. Los filósofos y el amor. Ariel, Barcelona, 2008) en el que examina lo que sobre tan inagotable asunto tiene que decir un puñado de filófos. No conocía nada del autor que, según reza la contrasolapa de la obra, ha publicado más de una veintena de libros "con un notable éxito de público y crítica" y he podido ver que algunos ellos llevan títulos que hacen pensar en un divulgador con cierto toque para los temas de buena venta (Filosofía de la felicidad, La cocina del pensamiento, etc) cosa que imagino no lo hará bienquisto de los intelectuales al uso, que prefieren los libracos de indigesta lectura y difícil venta.

Ciertamente, la obra no se plantea grandes cuestiones, sino que se limita a ser un florilegio de reflexiones o acontecimientos vitales en las que se relacionan de algún modo el amor con el nombre de algún filósofo. La fórmula es buena y el libro de grata cuanto amena lectura, recomendable, por ejemplo, para un viaje. Consta de cuatro apartados, cada uno de ellos sobre un aspecto de la visión del autor sobre el amor ("alma", "cuerpo", "yo" y "nosotros") y cinco filósofos que hayan visto o padecido o practicado el amor con especial hincapié en dicha visión monográfica. Para entendernos, el apartado "alma" trata de Platón (como era de esperar), Pedro Abelardo (como era de temer), Rousseau, Kant y Maritain (cual era inevitable) y algo similar sucede con los otros temas.

No es una obra sistemática, ni falta que le hace y, por lo tanto, carece de sentido señalar las ausencias. Cualquier lector medianamente informado se preguntará por qué no se abordan otros filósofos cuyas aportaciones (bien reflexivas, bien biográficas) al tema de la obra probablemente sean muy conocidas. Sobre todo teniendo en cuenta que la selección de autores es muy personal y arbitraria. Algunos, por ejemplo, sólo en un sentido muy amplio cabe calificarlos como filósofos,así Ovidio, Fourier, Freud, Wilhelm Reich o Carl Rogers. No por nada sino porque no cumplen uno de los requisitos más razonables que puedan exigirse para ser considerado como tal, que es el de figurar en los manuales de historia de la filosofía.

Esta falta de carácter sistemático es la que explica asimismo que la obra verse tanto sobre lo que los distintos filósofos han especulado acerca del amor como sobre lo que el amor ha hecho con los distintos filósofos. Por ejemplo, el capítulo en el que se acumulan citas de Kierkegaard sobre el tema eterno contrasta con otro en el que lo que se cuenta es la conocida peripecia personal de Pedro Abelardo y Eloísa, con la castración del primero, el que hoza (innecesariamente a mi modesto entender) en las miserias humanas de la biografía final de Sartre o la persistencia monogámica de Bertrand Rusell en su prolongada vida.

Algunos capítulos traen informaciones curiosas y es muy de agradecer que el autor trate en pie de igualdad los casos de amor heterosexual y homosexual, lo que ayuda a entender las ideas y el comportamiento de pensadores como Foucault o Barthes, por quien Muñoz Redón dice sentir especial predilección.

Por último, no tiene mayor importancia pero convendría que el autor revisara algunas erratas garrafales o errores de bulto del texto que son sin duda producto del apresuramiento con el que la obra está manifiestamente escrita en prueba evidente de que falta un corrector de estilo cualificado. Por ejemplo, en la página 33 Bernardo de Claraval aparece como "Bernardo de Carbajal", lo que incluso permite sospechar en una metedura de pata del corrector ortográfico de Word, ese que -al menos en la versión que tengo yo- corrige todos los Karl transformándolos en "Kart" y todos los Losantos en "Lozanitos". En la página 59 se convierte a Raisa Oumancof, esposa de Jacques Maritain, en una exiliada de la Unión Soviética siendo así que se estableció con su familia en París en los años noventa del siglo XIX, mucho antes de que apareciera la URSS. En la página 81, se dice que el Nuevo Mundo amoroso, de Charles Fourier, no se publicó en vida del autor (lo que es incierto, ya que la primera edición data de 1829, antes de la muerte de Fourier) sino en 1967, influyendo luego mucho en Reich y Breton. Esto último es imposible ya que en 1967 Reich llevaba diez años muerto y Breton uno.

Por lo demás, no hay que buscar en las cosas lo que éstas no pretenden tener. El señor Muñoz redón es de pluma ágil y amena, y el libro se lee de un tirón, cosa de agradecer.