dimecres, 13 de juny del 2007

¿Bestia salvaje o demagogos amarillentos?

¡Vaya chorreo que cayó ayer a la prensa, sobre todo la de la red! Mr. Blair, ya a punto de despedirse, ha decidido ajustar cuentas con los tabloides y la prensa digital. De tabloides sé poco porque no los leo, pero de la prensa digital tengo una idea y en ella se encuentra de todo, prensa muy digna, de alta calidad y verdadera basura. Probablemente abunda más la basura por una ley escatológica que no hace falta explicar, pero tampoco me parece que sea basura por "destrozar la reputación de las personas", como señala Mr. Blair, sino porque, simple y llanamente, es basura.

Por lo demás, los términos empleados, "bestia salvaje" (feral beast) no están nada mal. Evocan la leyenda de "La bella y la bestia" (que, a veces, se dan en la misma persona, como en ese inquietante cuadro de Munch), esa bestia salvaje y tierna que se enamora de la bella tan tontamente como King Kong de la dulce Ann Darrow.

Más duro, en mi opinión fue el alegato definitivo de la fiscal Olga Sánchez en el juicio por el 11-M. Tiene carácter esta señora Sánchez y dijo verdades como puños. El juez Bermúdez, que está tan al cabo de la calle como todo quisque de que la señora Sánchez tiene razón, la instó a que no hiciera observaciones sobre personas ajenas al proceso...pero después de haber escuchado el atinado y contundente juicio de la fiscal que dijo que los periodistas que han inventado, dado pábulo, mantenido, alentado y utilizado el bulo de la conspiración no tienen categoría profesional. Pues claro que no. Pertenecerían más al gremio fabulador o literario que al estrictamente periodístico y, dentro de aquel, al de la literatura de ínfima calidad porque todas las historias inventadas para obstaculizar el proceso del 11-M demuestran que hay informadores -de hecho, en todos los periódicos y medios de la derecha que son la inmensa mayoría- al servicio del Partido Popular y que, además de estar al servicio de un partido (al servicio, como está el chico de los recados, vamos) carecen de sentido del ridículo. Claro que, a cambio de hacer este espantoso ridículo parece que ingresan pingües beneficios y, como decía Góngora, "ande yo caliente y ríase la gente". Calientes no; andan ardiendo.