diumenge, 3 de desembre del 2006

La tolerancia occidental.

Gustamos los europeos de señalar nuestra diferencias con esas etnias, esos pueblos o culturas, esos grupos, bárbaros, en fin, en los que se da el fanatismo religioso. Basta ver cómo se despanzurran mutuamente chiitas y sunitas en el Irak para comprender qué distancia media entre ellos y nosotros. Está claro, el islam es una religión de intolerancia. Por fortuna, nosotros dejamos atrás esa feroz condición hace siglos, después de las guerras de religión. Luego vino la separación de la Iglesia y el Estado, efectuada entre el siglo XIX y XX y en algunos sitios no cumlminada, como en España.

Sin embargo, a veces el lobo peludo asoma la pata. Ayer mismo, la democracia Cristiana alemana (CDU) y el Partido Socialdemocrata (SPD), que gobiernan en gran coalición, unieron también fuerzas para derrotar la iniciativa de los verdes para reformar el artículo 166 del código penal que prevé pena de hasta tres años por el delito de blasfemia. Es una blasfemia "restringida" pues el código dice que, para que se dé tiene que haber alteración del orden público, esto es, el bien jurídico protegido no son los sentimientos "heridos", sino el orden público, algo más objetivo. Con esa observación, piensa el SPD haber justificado la contradicción entre su carácter laico y el voto a favor de la tipificación del delito de blasfemia. Porque ya le vale a un partido de izquierda seguir diciendo que existe algo que se llama sacrilegio o similar. Que, vamos, se te puede poner en un pico tontear con la religión en Alemania.

La primera actividad que plantea la cuestión de los límites de la blasfemia es el arte. Una concepción estricta de la blasfemia nos hubiera privado del cuadro de Félicien Rops, Las tentaciones e San Antonio, de 1887 (Museo Félicien Rops, Namur), de quien decía Sigmund Freud que "había pintado el psicoanálisis". Porque el cuadrito se las trae. Ya el solo hecho de que el taimado diablo rojo haya sustituido a Cristo (o sea, Dios) en el crucifijo por una joven desnuda y voluptuosa es suficiente escarnio para que un cristiano se sienta ofendido, si bien el propio Rops decía que no era su intención ofender a nadie.

La libertad de creación artística no se puede restringir con concepto alguno de blasfemia por cuanto los dioses son obra del arte. La Teogonía, la Biblia, el Kalevala, el Ramayana o el Mahabharata, donde nacen los dioses, son en todo o en parte, poemas, Y los poemas no delinquen. La poesía no delinque fue el lema que acuñaron sus partidarios surrealistas en los años 30 para salvar a Louis Aragon de un proceso penal por un poema.

Fuera del arte, en España pasa un poco como en Alemania. El código penal requiere que haya ánimo de ofender en el comportamiento para reconocerlo como delito (arts. 525, 526), lo que introduce un factor de valoración subjetiva. El ánimo de ofender, nunca será algo tan claro como la alteración del orden público. Así que, en principio, todo puede ser blasfemia excepto, supongo, las interjecciones, ex-abruptos que se sueltan al pillarse un dedo. La mejor manera de evitar la acusación de blasfemia es suprimir toda referencia concreta en la burla o irreverencia. Aun así, no es garantía completa.

Que nuestras sociedades son tolerantes, hasta cierto límite.