dijous, 4 d’octubre del 2018

Del ultimátum a la desobediencia

Aquí mi artículo de ayer en elMón.cat, titulado De lo imposible a lo posible y viceversa en el que se repasa la candente cuestión de la desobediencia como método de acción política en Catalunya. A ella se añadió también ayer la del ultimatum de Quim Torra al gobierno español: o vamos a un referéndum de autodeterminación en octubre o en noviembre los indepes retirarán su apoyo a Sánchez y este caerá. Rápido como una centella, el gobierno español salió a proclamar por boca de su portavoz, Isabel Celáa, que no acepta ultimatums. La carcunda española, esto es, la banda de ladrones del PP y los neofalangistas de C's, saltaron como movidos por un resorte a pedir un 155 perpetuo, o sea un "perpetuum immobile". Las buenas conciencias del PSOE y sus aliados se pusieron muy nerviosas, pero, cuando Torra envió una carta a Sánchez pidiéndole diálogo sin especificar fechas, respiraron aliviadas y se lanzaron a tañer las redes con la buena nueva de que el presidente retrocedía, preocupado por las mala reacción que su ultimatum había tenido entre los suyos en Madrid, los diputados independentistas in partibus infidelium ¡Qué valiente había sido Sánchez rechazando la inverecundia del catalán! ¡Con qué decisión -y una sarta de mentiras- había humillado Celáa la insolencia de Torra! Una lección a la desmesura catalana. España resiste. Abandonad toda esperanza.

Dos o tres horas duró la alegría de la tropa legionaria hispana. Un tuit del MHP ponía de nuevo las cosas en su sitio: un mes para convocar un referéndum o en noviembre nos vemos las caras.

El ultimátum seguía en pie. ¿Y qué decían ahora los diputados? La portavoz de JxC ya había adelantado que respaldarían al gobierno y el resto de los indepes, supuestamente díscolos y molestos, reiteraron asimismo su apoyo a la iniciativa. Una vez más, los unionistas quedaban en ridículo porque la unidad indepe no se rompe. Aunque no se notó mucho, afortunadamente para ellos porque el ridículo del día corrió a cargo de la cotorra catalanófoba esgrimiendo su bandera desde la tribuna de oradores del Parlament.

Cualquiera que no tenga el seso comido por el Espíritu Santo, ese cuya ocupación es forjar la unidad de España, puede ver el drama que viven los últimos jirones del caduco imperio. Administrado por un personal de tan enteco entendimiento y flojo espíritu que no los contratarían ni para picar piedra, produce verdadera hilaridad en el resto del mundo.

Aquí, la versión castellana del artículo: 

De lo imposible a lo posible y viceversa
                                                                                            
Uno de los libros de Quim Torra, un ensayo literario y antológico por el que recibió el premio Carles Rahola de 2009, es Viaje involuntario a la Catalunya imposible. Con ese título era inevitable que sirviera de base para numerosos juegos de palabras y metáforas. Esta es una de ellas. Por una serie de circunstancias de todos conocidas, la Catalunya imposible, de pronto era posible. Y, apenas sucedía tal cosa, corría el peligro de hacerse imposible de nuevo.

Por su condición de intelectual, el presidente Torra tiene el dominio de la palabra, sabe definir lo real, ponerle nombre, justificarlo, darle perspetiva teórica. Pero cuando la palabra es verbo y se convierte en acción, el intelectual se desconcierta, da un paso atrás. Sin duda, la acción por la acción, los  hechos desnudos, sin argumentación, son violencia inútil. Pero la sola teoría, la mera especulación sin aplicación práctica es una ilusión, un espejismo o un engaño.

Por supuesto, los últimos tiempos han acumulado razones más que suficientes para plantear una ruptura entre Catalunya y el Estado y la construcción de la República Catalana. La barbarie de la represión del 1-O justifica la separación entre dos colectividades, una de las cuales se cree con derecho a apalear salvajamente a la otra. Añádase que el 1-O de 2017 es únicamente la manifestación más evidente. Catalunya vive un perpetuo 1-O desde hace años; siglos.

A consecuencia del 1-O de 2017, Puigdemont sostuvo que Catalunya se había ganado el derecho a un Estado propio. Y Quim Torra señala que a él se llegará desobedeciendo a cualquier otro Estado que no sea el Catalán. Al Estado español, obviamente. Pero él mismo no puede olvidar que, al ser el presidente de la Generalitat es el representante del Estado español en Catalunya, según la Constitución vigente. Si no quiere serlo, tendrá que ir contra la Constitución. O sea, tendrá que desobedecer.

Carece de sentido que el máximo representante del Estado en Catalunya anime a la ciudadanía a desobedecer a ese Estado si no empieza por hacerlo él mismo. Y conste que para ello no es precisa violencia alguna. Basta con una declaración de parte (govern, parlament, gente) rechazando el derecho y la jurisdicción españolas en Catalunya.

Porque tiene mucha razón el presidente Sánchez cuando dice, refiriéndose a los hechos del lunes, que con la violencia no se consigue nada. Sánchez es un verdadero crack. A lo mejor se ha dado cuenta de que la violencia bestial aplicada por los franquistas españoles ha sido tan contraproducente para ellos que ha puesto en marcha, por fin, el proceso de su propia aniquilación. Pero que se dé cuenta no quiere decir que haya de actuar en consecuencia con racionalidad y sentido común ni a reconocer el salvajismo del 1-O o a pedir perdón por él. El Estado español siempre acaba devorado por su propia soberbia y fanatismo.

No puede olvidarse que la violencia toma muchas formas. No se reduce solamente a los actos de fuerza, cruentos, de turbulencias callejeras. También es violencia -y peor- una organización estructural de la sociedad que trata de aniquilar a una parte de ella a base de negarle el ejercicio de su derecho más importante: el derecho a ser. Y cuando está en juego la supervivencia de un  pueblo a manos de un poder tiránico, deben emplearse todos los medios de defensa posibles, por cargados de consecuencas que estén.

En otros términos, está muy bien y es de aplaudir que el presidente Torra exija hechos al presidente Sánchez y no meras palabras, pero no debe olvidarse que lo mismo debemos exigirnos a nosotros: hechos y no (más) palabras. No basta con decir que la iniquidad debe ser respondida con la desobediencia. Hay que desobedecer. Cada cual en su sitio.

Tampoco basta con afirmar que, si las sentencias en la farsa judicial montada por los neofranquistas españoles son condenatorias, no se aceptarán. Hay que rechazar la farsa en sí misma, negar a los farsantes el derecho a actuar como justicia e impedirles que perpetren una injusticia.

Catalunya entera, con sus mandatarios al frente, debe desobedecer. Y que las consecuencias de la desobediencia recaigan sobre todos, incluidos quienes firman artículos pidiendo la desobediencia.

Hay una Catalunya republicana e independiente posible e inmediata que depende de nuestros actos.
Ya no de nuestras palabras.