domingo, 12 de junio de 2016

La República Catalana

Resumen de mi conferencia/xerrada ayer en La Garriga, por cierto, un lugar encantador:

El alma de la nación catalana es republicana desde que aparece en la historia en los confines del Imperio Carolingio allá por el siglo IX como Condado y luego Principado. Su integración en la Corona de Aragón, conservando sus fueros e instituciones peculiares no obsta para que podamos suponer que, de haber sido las cosas de otra manera en la historia, Cataluña hubiera evolucionado como una potencia mediterránea al estilo de Génova o Venecia: poderosos centros políticos, económicos, comerciales. De hecho, Cataluña fue desde el principio una res publica de enorme influencia en el Mediterráneo, cuyas aguas fueron policiadas por su Libro del Consulado de Mar, que fue texto obligado para regular la navegación en el Mar Mediterráneo hasta el siglo XIX.

Cataluña nunca ha abandonado esa tradición republicana. El breve episodio de la República proclamada por Pau Claris en 1641, que tanto recuerda la sublevación del Parlamento de Inglaterra contra Carlos I Estuardo y su posterior decapitación, es buena prueba de ello. Que Cataluña hubiera de aceptar la mainmisse francesa se explica por las contingencias de la guerra contra los castellanos y no por flaqueamiento de la voluntad republicana catalana.

Con posterioridad, en el siglo XIX, Cataluña colaboró con lealtad a la primera República. Dos de sus cuatro presidentes, Estanislao Figueras y Francisco Pi i Margall (quien, además, aplicó sus concepciones federales que, por supuesto no cuajaron en aquella efímera República), son la mejor prueba de que Cataluña siempre colaboró con el resto de España en encontrar una forma de organización territorial del Estado más racional y aceptable.

Luego del fracaso de la Iª República se intensificó el proceso de consolidación de la nación cultural catalana a través de los Jocs Florals, la Renaixença y las enseñanzas de Milá i Fontanals en espera de dotarla de un Estado que la protegiera.

Luego de la reacción anticatalanista de Primo de Rivera, se abrió paso la IIª República española en la que los catalanes volvieron a colaborar. El catalán Nicolas d'Olwer ayudó decisivamente a elaborar la Constitiuón e 1931 y Cataluña fue un puntal decisivo del esfuerzo de guerra que, en parte se había declarado en contra de soberanismo catalán. De hecho cabe decir que la última gran batalla de la República fue la del Ebro y, con la caída de Cataluña, cayó la República.

Vinieron después los 40 años de la dictadura franquista, especialmente represiva en Cataluña en donde, además del genocidio de republicanos, se intentó el genocidio de la lengua y la cultura. Y, finalmente, la transición, con su Constitución de 1978 que quiso resolver definitivamente el viejo contencioso territorial español, fue, a su vez, otro fracaso. La conversión de los dos grandes partidos, PP y PSOE en partidos dinásticos, dispuestos a reconstruir el corrupto régimen de la Restauración alfonsina, eliminó la posibilidad de que en España se instaure una República. El silencio y la sumisión al atropello de la Iglesia Católica, Estado dentro del Estado, hace prever que en España no habrá nunca un Estado laico de verdad ni una Iglesia al margen de él.

Las elecciones de 2011 han llevado al gobierno de España con mayoría absoluta a un partido neofranquista, ultrarreaccionario y nacionalcatólico. Todo esto ha producido un aumento imparable del independentismo catalán, convencido, como lo está Palinuro, de que España no tiene arreglo, no cambiará jamás, siempre podrán volver representantes de aquel pasado de fascismo corrupto. Por lo tanto, lo mejor que pueden hacer los independentistas no es esperarse a ver si los españoles consiguen por fin su IIIª República, sino ir por su cuenta hacia su propia República.

Esta República Catalana cuenta ya con un sistema razonable de organización institucional a base de sucesivos proyectos de Constitución. Igualmente dejará un margen amplio de debate sobre la organización económica y social del país. Y por último será indudablemente reconocida por la comunidad internacional y la UE.

El mundo cambia; Cataluña lo hace con él; España, no.