miércoles, 25 de mayo de 2016

El Estado franquista

Mi artículo de hoy en elMón.cat, titulado Esto no tiene arreglo. Brevemente dicho: "esto" es España. España no tiene arreglo. Creíamos que con la transición, buena, mala o regular, se había terminado el franquismo. Ilusos. El franquismo sigue tan sólido, ladrón y criminal como siempre. Y está aquí, ahora mismo. Llenándose la boca de ley, Constitución, democracia y Estado de derecho mientras sus esbirros se llenan los bolsillos de euros que roban de todas las arcas públicas y largan sus habituales memeces sobre el peligro de lo público y la necesidad de privatizarlo, por supuesto en interés de los capitalistas, los empresarios, los financieros, los banqueros y, como estamos en España, de los curas. La gente se deja engañar por la cháchara del Estado de derecho. Los franquistas bordan estas mentiras: allá por los años sesenta del siglo XX, los sectarios del Opus, fieles servidores de la dictadura, estilo López Rodó, lanzaron la menguada idea de un "Estado de derecho administrativo", una quimera, un vertebrado gaseoso, una mentira más... que no prosperó porque al delincuente que entonces gobernaba el país, cualquier Estado de derecho le sobraba. Él confiaba en los militares, los policías, la guardia civil, los curas y los plumíferos a sueldo.

A aquel "Estado de derecho" del Opus le faltaba una Constitución. En 1978 consiguieron una. Hubieron de aguantar unas legislaturas socialistas en las que fue más el ruido que las nueces y, por fin, en 2011, tras una campaña de abusos, demagogia anticatalana y mentiras, consiguieron el poder por mayoría absoluta. Los cuatro años posteriores, las que acaban de pasar, fueron cuatro años de franquismo. Dicen los especialistas que hoy, más de 65% de la población nació después del franquismo y no saben cómo fue. Claro que lo saben: así. Un Rey puesto por Franco, un presidente del gobierno que es un inepto y un presunto corrupto cobrador de sobresueldos al que ni le interesa la política ni entiende de ella. Un partido, el PP, que es una banda de ladrones, unas instituciones -legslativo y judicial- sometidas a la voluntad omnímoda del mangante de La Moncloa, una legislación represiva y feroz, una Iglesia omnipresente que vive a costa de los fieles a todo lujo y la gente en el paro, explotada, empobrecida o emigrada. El franquismo.

¿Tiene arreglo? No, porque la oposición (PSOE, Podemos, IU, etc) ya ha dado muestra de ser otra manga de incompetentes a quienes no importa tanto librar a la gente de esta pesadilla de ladrones, como conservar sus sueldos, puestos y canonjías personales. Como saben que, pase lo que pase, tanto si perden como si ganan, ellos, los cogollos oligárquicos de los partidos, los enchufados y paniaguados, amigos, parientes o deudos de los jefes, tendrán sus asientos -y sueldos- garantizados, no hacen nada por ganar. Y a la gente que le den. Si estos cinco inútiles que se presentan -Rajoy, Sánchez, Iglesias, Rivera, Garzón-, incapaces de acordar un gobierno de coalición hace dos meses supieran que, si perdían las elecciones perderían también sus salarios, seguro que actuarían de otra forma, se unirían y ganarían. Como están las cosas, eso es imposible.

Así que "esto" no tiene arreglo. Los franquistas saben que ganarán y las "oposición" sabe que perderá pero todos tendrán sus sueldos cuatro años más. Aquí no se mueve nada. Así que, no me extraña que los catalanes quieran irse de una vez y que aprovechen el vacío de poder de esta pavorosa confluencia de incompetentes en España para constituir su República Catalana. Yo haría lo mismo. Es más, espero poder hacerlo.

Aquí la versión en castellano del artículo:

Esto no tiene arreglo

El episodio de la prohibición de la estelada en la final de la copa del rey tiene dos interpretaciones; una anecdótica y la otra estructural. La anecdótica está ya agotada. El ridículo de la falangista delegada del gobierno en Madrid ha sido épico, imperial.

Vayamos a la interpretación estructural. Que la delegada del gobierno en Madrid sea una franquista, hija de un falangista patrono de la Fundación Francisco Franco evidencia una vez más que todo el personal político de la Dictadura sigue activo, a través del PP. Este no es un partido de centro-derecha, sino de extrema derecha, así como una presunta asociación de malhechores hoy conminada por la justicia a pagar una fianza so pena de embargo. Los franquistas siguen en todos los puestos de la administración pública, en el gobierno, en los tribunales, en la policía, en las embajadas, en el Tribunal Constitucional, el Consejo de Estado, la Iglesia católica. Basta con escuchar a obispos como Cañizares.

El estado español se ha democratizado formalmente, pero estructuralmente sigue siendo franquista, sus administradores son franquistas y sus, publicistas e intelectuales en los medios de comunicación, franquistas de distintas obediencias: monárquicos, falangistas, opusdeístas, militaristas y simples logreros y ladrones. Ha habido unos lapsos en que se han tolerado administraciones socialdemócratas siempre que estas no pasaran de cambios cosméticos y superestructurales y no se atrevieran a tocar las raíces del poder de la oligarquía franquista.

En consecuencia, en España todo está politizado al servicio y por imperativo del franquismo. Cuando los publicistas al servicio del franquismo dicen que “no se politice la copa del rey” ocultan que esa copa se llamaba antes “del Generalísimo” y que ese generalísimo puso en el trono despótica y arbitrariamente al padre del actual rey . En consecuencia, este debe su puesto a un dictador. Por lo tanto, todo lo que este rey toca o lo que le afecte está politizado y con la peor de las politizaciones: la de una dictadura que aún no ha respondido ni pedido perdón por sus crímenes, empezando por el asesinato de Lluís Companys.

Nadie ha dimitido por el ridículo bochornoso de la falangista Dancausa. Los franquistas no dimiten porque en su mentalidad los políticos no están al servicio del pueblo ni tienen por qué rendirle cuentas ni son responsables ante una opinión pública. Son como los camaleone: cambian de color según la apariencia del régimen de turno; se adaptan a las formas de la democracia, pero las corrompen y destruyen desde su interior. Se presentan a las elecciones, pero las compran mediante la corrupción. Hablan de la opinión pública, pero la censuran y solo toleran sus gabinetes de agitación y propaganda, con esbirros a sueldo. Ocupan los cargos de la administración pública, pero solo para expoliar el erario. Jamás dimiten porque, como el caudillo antaño y el actual de La Moncloa, solo son responsables ante Dios y la historia.

Se dirá que este cuadro ignora que en España hay elecciones democráticas periódicas y que la mayoría puede cambiar esta bochornosa situación que, así, dejaría de ser estructural. Esto ignora que el personal franquista, el franquismo sociológico, los herederos biológicos e ideológicos del franquismo así como sus beneficiados, siguen siendo mayoría en los sondeos; mayoría relativa, pero mayoría.

Pero, aunque la mayoría cambiara de bando alguna vez, está claro que un país no puede vivir en la incertidumbre de si unas nuevas elecciones no volverán a traer una mayoría de franquistas, contraria a los principios democráticos más elementales, compuesta por censores, autoritarios, provocadores. Una democracia en la que no todas las alternativas posibles (y probables) sean escrupulosamente democráticas, aunque de signos ideológicos distintos, será una democracia enferma, como le sucedió a la República de Weimar.

Y hay más, en el caso de los catalanes, una minoría a su vez estructural en el Estado español, la probabilidad de que, sea cual sea la mayoría que gane en España, será más o menos anticatalana no es una probabilidad; es una certidumbre. Los catalanes no pueden aspirar a blindar una situación real, efectiva y justa de autogobierno dentro del Estado español porque, como los españoles, están sometidos al albur de las cambiantes mayorías entre franquistas y no franquistas pero con consecuencias mucho más desastrosas para ellos.

Eso solo pueden conseguirlo con un Estado propio, cosa que ya nadie discute. Lo que se discute es cómo y cuándo.