domingo, 20 de diciembre de 2015

A partir de hoy

Aquí mi artículo de hoy en elMón.cat. Es una reflexión sobre el voto en las elecciones generales, pero desde la perspectiva catalana y, más concretamente, independentista. Dicen muchos partidarios de la independencia que no merece la pena votar en las generales de un Estado vecino. Confunden el presente con un futuro deseado. Es posible que España y Cataluña lleguen a ser Estados vecinos; de momento, son el mismo Estado y, si unos no votan por considerarse ajenos a lo que la votación dirime, otros lo harán en su lugar y el resultado será mejor o peor, pero nunca satisfactorio para los abstencionistas. Quieran estos o no, no solo las generales, también las otras consultas tiene influencia en Cataluña. Incluso algo tan aparentemente lejano como las autonómicas andaluzas de marzo de 2014. ¿Cómo? Sencillamente: fue la primera vez que se presentaba allí un partido catalán unionista, Ciudadanos, que obtenía un resultado discreto pero significativo. Posteriormente, en las elecciones catalanas de 27 de sptiembre de este año, ese partido multiplicó por más de dos sus diputados en el Parlament, hasta llegar a 25 y convertirse en la segunda fuerza política catalana. Claro que las demás elecciones en España -sobre todo las generales- influyen decisivamente en Cataluña. Precisamente porque todavía no son dos Estados vecinos.

A continuación, el texto en versión española:

FIN DE CICLO.

Hoy, domingo, se cierra un ciclo de un año tumultuoso con cuatro elecciones y se abre otro nuevo. El que se cierra comenzó con las elecciones andaluzas de marzo, siguió con las municipales y autonómicas de mayo, luego con las catalanas de septiembre y las generales de hoy consagrarán lo que a todas luces puede verse ya como un cambio sustancial y por varios conceptos del Estado español. En realidad, el cambio se inició en el año anterior, 2014 en los dos puntos más conflictivos del endeble equilibrio de la segunda restauración: el sistema español de partidos en las elecciones europeas de mayo de 2014 con la repentina emergencia de Podemos y la relación de Cataluña con el resto del Estado con la consulta de noviembre y la afirmación de un acto de soberanía catalán que encarriló el proceso hacia la independencia.
El resultado de las elecciones generales españolas hará cristalizar estos cambios que se han ido acumulando y nos interesan a todos.

Hay un parecer bastante extendido entre los independentistas catalanes en el sentido de que lo que pase en España no es ya relevante para Cataluña, que es un país distinto. No es cierto. Si lo fuera en verdad, los catalanes no podrían votar en unas elecciones españolas, como no pueden hacerlo en las francesas. Precisamente, para ser un país distinto, hay que votar en esas elecciones. Y que se consiga esta finalidad dependerá en buena medida de cómo se reaccione ahora y de si se entiende o no esa retroalimentación mutua entre España y Cataluña. Un par de ejemplos lo aclarará:

En las elecciones europeas de 2010, en efecto, emergió un partido nuevo, Podemos, con el que nadie contaba en España, que puede ser determinante en el Estado pero también en Cataluña. Configura una oferta peculiar y única, que no es propiamente de tercera vía, pero se le asemeja. Aunque afirma reconocer el derecho a decidir sin ambages (lo que lo separa de los otros partidos unionistas a la vieja usanza), quiere implementarlo vía referéndum (lo que lo separa de los partidos independentistas), siendo imposible que ignore que, en realidad, jamás podrá poner en marcha ese referéndum porque el gobierno español, cualquier gobierno español, no lo permitirá. Es decir, propone una medida radical sabiendo que no va a salir. Y tiene una altísima intención de voto en Cataluña y en Barcelona en concreto que solo puede ir en detrimento de las opciones independentistas.

El segundo ejemplo hace referencia a las elecciones andaluzas de marzo de 2014, aparentemente algo muy apartado y ajeno al debate en Cataluña. Sin embargo, esas elecciones fueron el bautismo de fuego de un partido catalán unionista que por primera vez salía del marco autonómico y obtenía un resultado muy apreciable. La consulta actuó como unas primarias para Ciudadanos que, aun teniendo un resultado desastroso en Cataluña en las municipales de mayo, emergió a su vez, sorpresivamente, con 25 diputados en las plebiscitarias catalanas de septiembre, es la segunda fuerza en el Parlament y aspira a condicionar la política catalana en los próximos tiempos.

Obviamente, mientras las cosas sigan como están, todo influye en todo.

Salvo contadas y muy específicas circunstancias, la abstención no es por lo general una buena opción. Quien calla, otorga y si alguien no vota, otros sí lo hacen e influyen en el resultado en sentido favorable a sus intereses. Si el voto independentista tiene sentido en Cataluña, también lo tiene en Madrid y por las mismas razones. El debate en la CUP sobre la abstención no se entiende muy bien. En el orden de preferencias de esta organización, la independencia nacional y la emancipación social ocupan indistintamente el primer lugar en idéntico nivel de prioridad. Así como no se desaprovecharía ocasión alguna de hacer avanzar el objetivo de la transformación social, no puede ignorarse la que apunte a un avance de la independencia nacional. Sobre todo teniendo en cuenta que se presentan dos partidos independentistas, uno conservador y otro más radical. No es enteramente congruente estar con la CUP y no votar la opción independentista más radical, como tampoco lo es votar por un partido que, en el fondo, no es independentista.

El nuevo ciclo es una oportunidad única para Cataluña, una que nunca se ha visto en el pasado y es posible que no se vea en muchos años en el futuro en el caso de que esta se desaproveche. La conjunción de un gobierno independentista en Cataluña con la falta de un gobierno o la existencia de uno débil en Madrid abre una posibilidad extraordinaria para compensar la desigualdad y el desequilibrio estructurales que se dan en las relaciones entre Cataluña y el Estado. En aquella hay un gobierno que, según la legalidad vigente, es de segundo orden y competencias muy limitadas pero que cuenta con la fuerza de un respaldo popular mayoritario. El Estado cuenta también con un apoyo popular mayoritario (siempre es así cuando se trata de recortar las alas de Cataluña) y un aparato legal, militar, judicial, administrativo, represivo apabullante que, sin embargo, será menos efectivo si está dirigido por un gobierno sin mayoría parlamentaria o por ningún gobierno.

Esa es la oportunidad catalana para afianzar un nuevo ciclo en el Estado. Desaprovecharla no constituyendo un gobierno en Cataluña y yendo a unas elecciones anticipadas en marzo que, a juzgar por la fuerza de Ciudadanos y Podemos, son de resultado muy incierto, será incurrir en una enorme responsabilidad.

Sea de quien sea esa responsabilidad.