domingo, 2 de agosto de 2015

Vísperas catalanas.

El nacionalismo español parece salir de la modorra, solo para percatarse de que, a fuer de irrelevante, puede quedar barrido del arco parlamentario catalán, fortaleciendo así la idea soberanista de que Cataluña debe ser independiente porque es otra nación. Hace meses, años, que Palinuro advierte de que en el contencioso catalán, el soberanismo lleva la iniciativa política y el nacionalismo español era incapaz de reaccionar no ya con habilidad o tacto, sino con un mínimo de cordura.

Y así sigue. Ahora vienen los novísimos (que ya no son poetas, sino políticos, una especie de poetas de fácil ripio) a pedir unidad al españolismo catalán. Inés Arrimadas, de Ciudadanos, tiene algo más de gancho que la pobre Sánchez Camacho, pero su discurso es el mismo: un frente españolista que ellas llaman "constitucionalista", a imagen del que funcionó en el País Vasco durante los años de plomo ardiente. Unir los tres partidos "españoles", PP, PSOE y C's, aun en el caso harto improbable de que se consiguiera, quizá no fuera una buena idea: si cada uno de ellos por separado es una magnitud parlamentaria insignificante, los tres juntos que pueden estar en torno a los 30 diputados, si llegan, pondrán más de relieve esa irrelevancia precisamente por ser de los tres juntos. 

Téngase además en cuenta que la invitación debiera cursarse asimismo a Podemos, tan español como los otros partidos, pero, contándose este entre los novísimos, la idea augura poco éxito. Por otro lado, esa invitación tiene poca posibilidad de prosperar en el PSC y C's debe valorar si se arriesga a ir en binomio cen el PP, el partido de la corrupción y el responsable principal de que la situación catalana sea la que es. Aunque pocos lo crean, la llamada a la "unidad de España" suena de forma distinta en el PP y en el PSOE y la gente se da cuenta de ello. El PSOE es español (lo lleva en el nombre) pero, por razón de su ideario y experiencia, más proclive a soluciones negociadas y pactadas, a diferencia de la derecha, más compuesta de monjes, guerreros y corruptos.

El problema es si la situación ha sobrepasado ya la expectativa de soluciones negociadas. David Fernández, de la CUP, responde a la cerrada negativa de Rajoy a la independencia y su recurso a la obediencia a la ley asegurando que: “ens declarem insubordinats a l'Estat espanyol, sense reconèixer cap mena d'autoritat política o moral a Rajoy”. No reconocer autoridad política o moral algunas a Rajoy es más o menos lo que hace el conjunto de la población del Estado que lo tiene conceptuado como el peor gobernante español desde la transición, un juicio compartido por la comunidad internacional que, como se ve repetidamente, lo desprecia.

Rajoy tiene un problema. Sin duda, el problema estaba ahí antes de que lo afectara personalmente. Pero, cuando se enfrentó a él, lo hizo con la habitual falta de conocimiento, la mezcla de impaciencia y desprecio y, sobre todo, la envidia del nacionalismo español frente a Cataluña. Desde recurrir al Constitucional el estatuto de 2006 y montar una campaña anticatalana pidiendo firmas contra el texto hasta echar a la fiscalía tras los pasos de Mas, por si puede meterlo en la cárcel con alguna apariencia de legalidad, la oligarquía mesetaria gobernante, corrupta e incompentente, ha mostrado no ser capaz de resolver la cuestión ni de encontrar una vía de solución, de acomodo, de negociación con Cataluña. Como los tiempos ya no permiten bombardear Barcelona, el viejo franquismo, reverdecido en el gobierno de Rajoy, no sabe qué hacer.

Tampoco tan extraño. Casi nadie se aclara en relación con Cataluña. Los únicos que, por llevar la iniciativa política, dan la impresión de saber a dónde van son los de la Lista por el sí. Los otros todavía tienen que encontrar un discurso propio. El PP confía todo a la represión y podría tratar de encarcelar a Mas, lo que sería un disparate, y mientras tanto y como máximo horizonte de flexibilidad, cocina una reforma constitucional reducida exclusivamente al Senado y, por lo que se sabe, no especialmente inteligente.

El PSOE tiene que acabar de pergeñar qué tipo de reforma constitucional pretende y cómo va a convencer al PP de que la secunde, cuenta habida de que su aportación será imprescindible. También habrá de especificar cómo piensa seducir a los soberanistas, en el sentido que dan al término en Podemos, esto es, el de ganarse la voluntad de alguien (el seducido) aunque es de suponer que con buenas artes, porque la definición ortodoxa de seducir es la de conseguir algo por malas artes.

IU y Podemos van juntas, han confluido en Cataluña, siendo así que no han podido hacerlo en el Estado, quizá otra prueba de ese carácter catalán, tan dificil de entender para los mesetarios. Su candidatura de confluencia se llama Catalunya sí que es pot pero no está claro que vaya a recibir un apoyo electoral masivo si no incluye el Procés Constituent de la monja Forcades y la plataforma de Barcelona en comú. Sus propuestas sobre Cataluña, siendo ilusorias, se justifican señalando que las de los demás lo son más. Si se les dice que una República dentro de una Monarquía es un unicornio, responden que firmar una DUI sin consecuencias jurídicas es como nadar en un barreño.

En realidad, los votos que pueden decidir el resultado de las elecciones plebiscitarias de septiembre están aquí, en el electorado catalán de izquierda no soberanista, pero sí partidario del derecho de autodeterminación. Así las cosas, los dos resultados más esperables, el de mayoría absoluta de la lista por el sí o el de mayoría absoluta de la lista por el sí con los demás soberanistas, son ganadores para el soberanismo que consigue su programa máximo (DUI) o su programa mínimo (referéndum).

Lo del nacionalismo español es mucho más difícil.