miércoles, 28 de noviembre de 2012

La codicia, la crisis y el expolio.

El asunto más fascinante sobrevenido hace poco es el sueldo de un millón de euros al mes que se ha autoasignado Cebrián, presidente de Prisa. He preguntado por ahí, no fuera a ser que mi modesto horizonte económico hubiera limitado mi capacidad de valoración de las cantidades. Pero en todas partes he detectado pasmo, sorpresa, a veces algo de envidia, una pizca de irritación y abundante resignación. El asunto alcanza cotas sublimes cuando el interesado explica que esa cantidad es normal en el mercado. Eso no puede ser cierto. Y menos en las empresas de comunicación. Estoy seguro de que nadie en estas ingresa esa astronómica cantidad, a no ser los propietarios y estos suelen ser morigerados en las sumas que se autoasignan. Y son los propietarios; que no es aquí el caso; o no lo era. Dice Cebrián que no se explica el odio que le profesa la redacción de El País, en la que la mayoría gana mil veces menos que él y un buen número ni eso porque él los ha puesto en la calle con un ERE muy duro. Pues si no se lo explica tiene duras las entendederas.
Pero, se dirá, oiga, es la empresa privada. Hacen lo que quieren, por supuesto, dentro de un orden. Una breve palabra sobre ese postulado sacrosanto de la separación entre la empresa privada y lo público, los poderes públicos, los gobernantes. Esa separación es falsa. Las empresas privadas viven de saquear lo público en tiempos tranquilos a base de una tupida red de enchufes, relaciones familiares y puro compadreo, muchas veces delictivo y, en tiempos turbulentos, a base decretos-leyes y normativas de urgencia. Todos los bancos privados con problemas se han rescatado con dinero público y este ha caído como el maná sobre el sector de las cajas, llevado a la ruina precisamente por los mismos que luego les adjudican miles de millones de euros de todos.
Además de que la separación no es cierta, el espíritu que alienta en ambos sectores, privado y público, es el mismo: el saqueo de lo público en unas proporciones tan disparatadas que, si se suman, se encuentra uno de los principales agujeros por los que desaparece el dinero de la endeudada economía española. Rato, nombrado presidente de Cajamadrid sin duda en razón de su probada experiencia en el fracaso, se va dejando Bankia en una quiebra tan total que es la principal causa de la gravedad de la crisis española. Pero él se ha llevado una pastuqui. Como la caterva de consejeros de Bankia, quienes venían levantándose de 200.000 a 350.000 euros por barba al año por no hacer literalmente nada; tan nada que no sabían ni lo que hacían, incluido un supuesto auditor, Acebes, que también cobró un Congo por no hacer auditoría. O esas cosas le cuentan al juez. Para dar ejemplo moral está previsto que los directivos del banco malo, cuyo nombre ya lo dice todo, tengan un límite de 300.000 euros anuales, un duro sacrificio que se alivia con la presidenta a quien se permite alcanzar los 500.000 euros anuales. No crean, no es mucho, está muy por debajo de los niveles del mercado, solo son quince días del sueldo de Cebrián. Siempre ha habido clases. La exmujer de Rato es presidenta de la ruinosa red de paradores del Estado, con un sueldo triple del del presidente del gobierno. Pero es que también el sueldo del presidente del gobierno es el triple del del presidente del gobierno, ya que cobra dos nóminas distintas de un modo altamente dudoso. Igual que hace Cospedal (esa que deja sin salario a los diputados de la oposición mientras ella percibe dos) y el resto de la casta política, término acuñado por Gian Antonio Stella y Sergio Rizzo y popularizado en España por Daniel Montero.
Esa casta política dedicada durante decenios a lucrarse, esquilmar el común, administrarlo malamente, a golpe de capricho, despilfarro, arbitrariedad, cuando no corrupción es la que ha arruinado el país. En conjunción con empresarios sin escrúpulos y delincuentes. Unas gentes que han erigido monumentos faraónicos perfectamente inútiles a su mayor gloria, con los que se han enriquecido los amigos y han endeudado y arruinado sus comunidades. Obras como la del ridículo aeropuerto de Castellón le hubiera costado el cargo al que lo mandó construir y, probablemente, un proceso judicial en cualquier otro país del mundo.
Una casta que se multiplica casi por infinito con el enjambre de asesores y cargos de confianza de los gobernantes y representantes de todos los niveles. Todos ellos de libre designación y todos ellos espléndidamente remunerados a cuenta de las arcas públicas. Y ¿qué hace falta para ser cargo de confianza? Ser amigo del que te nombra; mejor aun, pariente y, de nota ya, cónyuge. En efecto, ¿qué más confianza que entre marido y mujer? Algunos llevan esta fe en la pureza de los principios al extremo de enchufar al cónyuge en su mismo departamento. Y, mira por dónde, qué falta de entereza, eso está mal visto. La cosa consiste en nombrar al cónyuge en el departamento del amigo y al del amigo en el departamento propio. Hay que guardar las formas. El resto, herman@s, prim@s, cuñad@s, hij@s, se reparten a feliz voleo en el próvido seno de la administración pública, contra la que todos, a su vez, predican desde su pluriempleo de tertulianos en los medios. Y esa es la cuestión: no solo han esquilmado el país, sino que acusan a las víctimas de hacerlo desde unos medios de comunicación poblados de propagandistas de su credo también espléndidamente remunerados con caudales públicos..
Si alguien quiere medir el grado de enchufismo que reina en la casta política, sobre todo en la derecha, que goza hoy de señorío casi absoluto en el cortijo, que eche una ojeada a esta crónica de El Plural, en la que se cuenta lo bien colocada que está la familia de Ignacio González, empezando por su señor padre que, a sus 86 años, es secretario técnico del PP en el Senado por un salario que no se conoce, siguiendo por sus hermanos, cuñados y terminando con su esposa que es adjunta a la presidencia de la Patronal de Madrid. Una prueba patente de que la separación entre la empresa privada y el poder político que predican es un muro infranqueable. Pues no faltaba más.
(La imagen es una foto de 401(K)2012, bajolicencia Creative Commons).