domingo, 22 de marzo de 2009

El papel, a la papelera.

La prensa de papel agoniza. La crisis está afectándola con particular virulencia a causa de la caída de ingresos por publicidad. Pero aunque esta crisis no se hubiera producido, el destino de los periódicos de la galaxia Gutenberg es ominoso porque, sea como sea, la publicidad emigra a lo digital. En los últimos doscientos cincuenta años aproximadamente han cumplido una función social de primera importancia. Han sido el medio de articulación y expresión de una opinión pública ilustrada y crítica, imprescindible en el nacimiento de la sociedad burguesa, como señala Jürgen Habermas en su clásico estudio sobre el cambio de lo público. Cuando los avatares de la historia suprimen los partidos políticos estos se reorganizan tras las cabeceras de los periódicos, como sucedió en Francia después del golpe de Estado de Napoleón III, El pequeño. Están presentes y son decisivos en el momento en que los intelectuales, fuerza en ascenso, intervienen en las crisis sociales, como se muestra con aquel L'Aurore que imprimió el histórico J'accuse de Émile Zola. En los momentos de quiebra revolucionaria orientan la vía de los partidos revolucionarios de uno u otro signo: desde Le tribun du peuple, fundado por Graco Babeuf a La Conquista del Estado, de Ramiro Ledesma Ramos, pasando por la Iskra de Lenin y el Völkisscher Beobachter, de Adolf Hitler. Han servido para azuzar u oponerse a las guerras y han dado cumplida cuenta en todo este tiempo de los grandes acontecimientos que han conmocionado a nuestras sociedades. Su importancia llegó a ser tan grande que se convirtieron en la metáfora de los medios de comunicación y la libertad de estos, fueran escritos o audiovisuales, se llamó libertad de prensa. La prensa libre era y es uno de los índices más seguros del grado de apertura y democracia de una sociedad.

La aparición de otros medios de comunicación, la radio, el cine, la televisión fundamentalmente, supuso sendos retos para la hegemonía del reinado comunicacional del papel pero éste supo adaptarse a las nuevas circunstancias y sobrevivir. La radio y la televisión, fueron temibles competidores cuantitativos de los medios, pero no cualitativos. Ningún medio audiovisual consiguió amenazar en serio el reinado de la llamada "prensa de calidad" o "periódicos de referencia", de los que durante todo el siglo XX hubo siempre uno o dos en cada país occidental, conviviendo con radios, televisiones y una feroz prensa amarilla y sensacionalista que nunca puso en peligro la hegemonía del papel serio.

Hasta que llegó internet y con ella la prensa digital en su proteica multiplicidad de manifestaciones, desde los periodiquitos online a la versión digital de los grandes mastodontes del papel, pasando por los blogs, las páginas web, etc. No se ve cómo podrá la pesada, renqueante, torpe maquinaria del papel hacer frente a la nueva forma de competencia ya que la prensa digital derrota a la de papel en todos aquellos territorios en que ésta había afianzado su éxito. A saber:

  • La difusión. La red llega ya a los más remotos puntos del planeta a los que la prensa de papel jamás se acerca y, si lo hace, tarda días.
  • La accesibilidad. Nada de circuitos de distribución, kioskos, furgonetas, voceadores, establecimientos de prensa, newsagents: con un ordenador, cada vez más extendido en el ámbito privado y, desde luego en el público, y conexión a la red hay acceso instantáneo a todos los periódicos del mundo.
  • La celeridad. La prensa de papel es, si acaso, diaria y, haciendo un esfuerzo, saca tiradas extraordinarias excepcionales de difusión restringida. Los diarios en la red se actualizan al instante y llegan a todo el planeta.
  • Las destrezas del público. La prensa de papel requiere un público alfabetizado; la digital exige, además, competencia activa mínima en informática, una diferencia que tiene claro reflejo generacional haciendo que el público lector del papel envejezca progresivamente y el de la red sea el juvenil.
  • Interactividad. La prensa de papel tiene un público pasivo que sólo participa a través de la minúscula sección de "cartas al director"; el de la red es mucho más participativo, dinámico y los lectores se interrelacionan a través de comentarios, foros y chats.
  • Gratuidad. La prensa de papel sólo puede permitirse la gratuidad al precio de la calidad; la digital, no, sino que puede hacerlas compatibles.
  • Diversidad. Los diarios de papel, todo lo más combinan texto e imagen fija. Los digitales incorporan imagen en movimiento y sonido.
  • Hemerotecas. Los periódicos de papel se depositan en hemerotecas porque ellos no lo son; los digitales llevan consigo su propia hemeroteca que puede consultarse sin moverse de casa.

Por último, no será preciso señalar el impacto demoledor que sobre la prensa de papel tiene el fin de su monopolio tanto en el orden substantivo y empresarial, en cuanto a los diarios o las agencias de noticias, como en el subjetivo e individual, en cuanto al ejercicio de la función periodística que hoy realizan los espontáneos desde la sociedad con notable éxito, como ya venía sucediendo en el orden político y comunicativo en general.

La prensa de papel sólo es noticia en los últimos años por las caídas de tiradas, los cierres de cabeceras y los estrangulamientos económicos que atenazan a prácticamente todos los periódicos del mundo, lo que no solamente trasmite un mensaje de ruina y fracaso, sino también una lamentable imagen de antigualla pasada de moda. La agilidad y modernidad que manifestaba el hecho de llevar un periódico de papel debajo del brazo han pasado a convertirse en símbolo de rutina, inercia y tradicionalismo.

Realmente cuando las dos únicas razones que cabe esgrimir para atrincherarse en la lectura del papel (que, además, mancha) son que acompaña muy mucho al café con tostada de la mañana y que te regalan un coleccionable de villancicos del mundo entero, está sonando el requiem de un medio, de una época, de un mundo.

Coda: gracias a los dioses porque con el fin del reinado de la prensa de papel y el advenimiento de la digital se rompe el poder (arbitrario, como todos los poderes de la jerarquía de ordeno y mando) del papel y se abre la época de libertad de los lectores para combinar y contrastar fuentes de información y, sobre todo, de los comunicadores que cada vez tienen que someterse menos a la tiranía de las directrices ideológicas del grupo financiero, el magnate, el propietario, el director o el simple esbirro a sueldo de alguno de los anteriores. Internet eleva al máximo la responsabilidad y la libertad del comunicador individual independiente que se fabrica su propio espacio y no ha de dar cuentas a nadie si no a su propio sentido de la decencia y la veracidad.