viernes, 9 de marzo de 2018

La triunfa femenina

Ha sido una huelga general, pacífica (excepto por algunas cargas policiales), con movilizaciones nutridísimas por doquier, imaginativa, que ha contado con una aprobación y simpatía generales, aunque de boquilla en muchos casos, con reivindicaciones claras, justas y factibles. Ha sido un gran éxito de concienciación. Tan rotundo que dan ganas de llamarlo éxita y hablar de la triunfa femenina. Por fin el personal, hasta el de más dura mollera, se da cuenta de que las mujeres pueden todo. Como los hombres. Pero justamente como ellos, no menos.

Es un éxito tan rotundo, inaudito, insólito, maravilloso que ha puesto un lazo morado en la solapa de M. Rajoy, al que le sienta como un cagarro de pájaro.

El hombre que no quería meterse en la cuestión de la brecha salarial, el que tiene bloqueada la legislación sobre igualdad efectiva y lucha contra la violencia machista, el que preside un partido lleno de machistas y macarras y en el que se han hecho declaraciones contra la huelga del 8 de marzo, el que está contra las cuotas, el que trató en su primer mandato de cargarse el derecho al aborto, el que tiene ministras y gobernadoras de esto o aquello beligerantes contra el feminismo.

Ese hombre aparece de pronto con un lazo morado en la solapa. Es la legión de honor de la hipocresía a la que también se han hecho acreedores muchos que viven de atizar el machismo que la huelga de ayer repudiaba. Hipocresía como la de C's, cuyos líderes y lideresas se hincharon a desacreditar la huelga por "ideológica" o "anticapitalista" para salir luego con el lacito de marras que por algo se lleva en el sitio en el que los fariseos se dan golpes de pecho.

El triunfo femenino es aplastante. Ahora ya solo falta que el del lazo morado dimita, una vez más, por sentido del ridículo.

Proceso reconstituyente

El proceso de investidura catalán, de cuyo desenlace está toda España pendiente, tiene matices, tiras y aflojas, acuerdos y desacuerdos cuya complejidad supera en mucho la capacidad analítica del mando mesetario. Tiene este a los jueces prestos a cortocircuitar todo movimiento político que le disguste y no está para refitolerías sobre si el Parlament pone en marcha una nueva consulta o no y cómo la llame.

Los indepes, en cambio, sí. Primero porque quieren ir sobre seguro políticamente y no arriesgarse a más represión judicial. Segundo porque pueden permitirse el lujo de esperar un mes mientras que el gobierno tiene urgencia por "resolver" la cuestión catalana para levantar el 155, al menos nominalmente y que el PNV le vote los presupuestos.

Todo esto son cálculos menudos. La cuestión en juego es de mayor envergadura. Se trata de saber qué diferencia hay entre proceder al modo rupturista inmediato, estilo del juramento del juego de pelota, más querido a la CUP o al modo fabiano de postponer el enfrentamiento. No veo gran diferencia entre plantarse mañana en el Parlament a declarar la República Catalana independiente o constituir un gobierno bajo el 155 acorde al Estatuto, pero cuyo cometido ha de ser un plan de gobierno de desobediencia republicana

Me suenan a lo mismo. Hay diferencias terminológicas producto de la cautela. Y el asunto parece consistir en la sempiterna pelea por los nombres.  Lo mismo con el "proceso constituyente". Los indepes no emplean la expresión, aunque responde mejor a lo que tienen previsto: un proceso constituyente republicano.

Me suenan a lo mismo porque son lo mismo. Y a lo mismo sonará al gobierno español que probablemente esté tan poco dispuesto a admitir una República Catalana Independiente en su territorio como a asistir complaciente a la desobediencia republicana de una instituciones que no quieren ser una cosa y no se les deja ser otra. Lo intrigante será averiguar qué esté dispuesto a hacer para evitar ambas.

La terra ignota comienza aquí y ahora.

jueves, 8 de marzo de 2018

miércoles, 7 de marzo de 2018

Sin empujar. Hay tiempo

Aquí mi artículo de elMón.cat de hoy.

Ya sé lo que pretenden los indepes con tanto dar vueltas a las cosas y marear la perdiz: exactamente eso, marear la perdiz hasta que los del B155, que no tienen mucho más cerebro que estos simpáticos faisánidos tiren la toalla o empiecen a pegarse entre ellos. En el gobierno está visto hasta la saciedad. Inteligencia, cero; pura fuerza bruta y las memeces de la vicepresidenta que se cree Kelsen. En la judicatura, según va viéndose, algo parecido. Los autos de los magistrados no solo revelan un fanatismo nacionalista típicamente franquista, sino también una preocupante carencia de sentido jurídico y también de sentido común. La lectura parece un viaje al pasado, cuando los "jueces" franquistas aplicaban las "leyes" de Franco. Exactamente igual que hoy. El Supremo mira al Constitucional y el Constitucional manda la patata calienta al Supremo y ambos menean la cola en espera de la decisión del amo-gobierno. 

¿Qué gana con esto el independentismo? Mucho. De entrada que, al no investir candidato, los jueces (o los comisarios del gobierno que pasan por tales) no saben a quién detener y procesar ni inventándose lo delitos. El gobierno tampoco sabe a quién apalear en la calle aunque esto le da igual pues, como el católico Arnaud Amaury en la masacre de Béziers, ordena aporrear a todo el mundo, que ya Dios distinguirá a los suyos.

Buena táctica. "Fabiana" había dicho Palinuro hace unos días. La táctica de Quinto Fabio Maximo en la segunda guerra púnica: evitar el combate y esperar que el enemigo se canse, pierda los nervios o haga cualquier tontería. Justo lo que se espera que, con algo de suerte, haga el gobierno español de la Gürtel que tendrá que aprobar el presupuesto como sea y no lo conseguirá si sigue con el 155 pues el PNV pone como condición su retirada para aprobarlos. En fin, todo sea que no los apruebe con el voto favorable del PSOE.

Aquí la versión castellana del artículo:


Prueba de fuerza o resistencia

Propuesto Sánchez para la investidura, se abren dos vías, la política y la judicial, que se condicionan mutuamente. La decisión de la mesa del Parlament es política, en uso de sus atribuciones. Frente a ella, el gobierno, dentro de las suyas y también en respuesta política, no permitirá a Sánchez ser investido porque es independentista y no le cae bien. Al tiempo, confía en que el Tribunal Supremo, en vía judicial, prohíba al propuesto personificarse en el Parlamento para la investidura. Hace bien en confiar. Los tribunales españoles aplican la justicia que place al príncipe, pues su idea de la división de poderes coincide con la del Rey Sol para quien los jueces eran poco más que chambelanes, como estos de aquí.

Si el juez Llarena, en uso de su lata, y por ello mismo arbitraria, discrecionalidad, prohíbe a Sánchez desplazarse al Parlament, estará violando no política sino judicialmente su derecho de sufragio pasivo y puede que delinquiendo. Sin duda el gobierno tiene una razón política poderosa para oponerse a la investidura de Sánchez, como hemos dicho, que se trata de un independentista y le cae mal porque, entre otras cosas, es un hombre honrado. Pero nadie sabe qué razón jurídica aducirá el juez Llarena aunque no sería de extrañar que niegue el permiso a Sánchez con alguno de esos alambicados sofismas que utiliza en sus pintorescos autos.

También entra en lo imaginable que, temeroso de las consecuencias judiciales posteriores de sus actos, Llarena deje la política y vaya por lo jurídico para evitarse querellas permitiendo la investidura de Sánchez. En tal caso, el gobierno retornará a la vía política, recurriendo la investidura ante el Tribunal Constitucional, que ya se ha apresurado a abominar de Sánchez porque es un órgano mucho más afín aun que el Supremo a los anhelos del gobierno ya que se trata de un tribunal que de tribunal solo tiene el nombre.

Sea cual sea el órgano que disfrace de judicial la arbitrariedad y el capricho del Gobierno de la Gürtel y el 155, es claro que la decisión dará pie a una querella de la mesa del Parlament por violación de los derechos civiles de los candidatos electos. Según algunos, se trata de una estrategia del independentismo para conseguir afianzar sus posiciones, abriendo un compás de espera hasta la decisión del Constitucional sobre el recurso contra las medidas cautelares que impedían la investidura telemática de Puigdemont.

Tratándose de un Estado democrático de derecho, esta actitud de cuestionar judicialmente una arbitrariedad política sería acertada. Tratándose del Estado español de la dictadura del 155, en el que las medidas judiciales son tapaderas conscientes de posiciones políticas de partido, está condenada al fracaso porque su resultado final viene predeterminado: ratificar por la vía “judicial” la arbitrariedad política.

Es cierto que la vía judicial debe emplearse y llegar con ella hasta donde se deba, incluido el ámbito europeo. Pero también lo es que implica aceptar los presupuestos ilegales de la sedicente “legalidad” española en Cataluña, impuesta por el 155 y, por lo tanto, socavará las posibilidades de implementar la República Catalana. La “legalidad” española y la constituyente catalana son incompatibles y cuanto más se embarranque el problema en las triquiñuelas procesales en las que el partido de la Gürtel y sus ayudantes judiciales del 155 son expertos, más incompatibles serán.

Se mantendrá así una situación de espera en la política catalana justo cuando todos coinciden en la urgencia de poner en marcha las instituciones republicanas, entre otras cosas porque sigue habiendo cuatro presos políticos que son rehenes del nacionalismo español más agresivo. En consecuencia, el independentismo deberá poner en marcha las dos vías al mismo tiempo: la judicial, querellándose contra las decisiones injustas de la judicatura u órganos asimilados y la política, invistiendo un presidente legítimo que implemente la República Catalana de modo efectivo y que habrá de ser Carles Puigdemont o persona en la que este delegue.

La República Catalana no cuenta más que con sus propias fuerzas. Es duro decirlo, pero queda excluido todo apoyo de la izquierda española, tanto de la dinástica (PSOE) como de la sedicentemente republicana (Podemos), al igual que toda posibilidad de apoyo de esa izquierda española en sus versiones catalanas de PSC o Comuns. Esta situación es la que hace que la conservación de la unidad del movimiento sea una exigencia de supervivencia. El reciente debate sobre si “ampliación” o “profundización” del independentismo solo será aceptable si no rompe aquella unidad. Si, por la razón que sea, la unidad se rompe y la clase política independentista deja en la estacada un inmenso movimiento popular republicano que, por primera vez en la historia, puede alcanzar su objetivo, la disyuntiva será inevitable: se acepta un retroceso de cuarenta años a los del “café para todos”, o se va a nuevas elecciones con lista única de país, como ya se debió de hacer el 21 de diciembre pasado.

Los catalanes tienen la culpa de todo

También de que Rajoy sea un inepto y no consiga gobernar ni aprobar los presupuestos, ni normalizar la situación en Cataluña. El B155 está desatado y sus razonamientos no pueden ser más peregrinos. Según El País la causa de la parálisis de la legislatura es la crisis catalana. Es una pura inversión de la relación causal. La causa de la paralización de la legislatura y la ineptitud del gobierno no es la "crisis catalana"; esta no es la causa de aquellas parálisis e ineptitud, sino su efecto. 

La legislatura está paralizada por una especie de acuerdo entre truhanes. El gobierno está en minoría, pero gobierna por decreto ley, sin hacerlo a traves del parlamento y con un acuerdo implícito de la oposición que renuncia a ponerlo en un brete o incluso a derribarlo mediante una moción de censura a cambio de que por su parte no haga nada. La ineptitud del gobierno corre paralela con la irrelevancia del Parlamento y el activismo de unos jueces, movilizados por gobernante que no sabe cómo salir del atolladero en que se ha metido él solo.

Los prosupuestos no están bloqueados por el PNV sino por el 155. Lo que bloquea todo y todo lo paraliza es el 155. En la situación actual empieza a cundir la idea de que los indepes catalanes posterguen la investidura del presidente para que M. Rajoy se vea obligado a levantar el 155 antes de que aquella se produzca y a los efectos de que el PNV acepte discutir del presupuesto y lo desbloquee. 

Sería un cálculo razonable si el B155 actuara por criterios democráticos y humanos. Pero no es el caso. Si los catalanes no hacen lo que el gobierno quiere, seguirá el 155 y, mientras siga el 155, no habrá presupuestos de 2018. Se prorrogarán los de 2017 con general descalabro. 

Al final, los catalanes van a tener también la culpa de que un gobierno que no sabe gobernar no pueda gobernar y se vea obligado a convocar elecciones por su incapacidad.

Mañana, todas a la huelga

Hasta Rajoy ha tenido que rectificar a dos de las mujeres más machistas de su partido, Cristina Cifuentes (presidenta de la CA Madrid) e Isabel García Tejerina, ministra de Agricultura. Ambas habían hablado de hacer "huelga a la japonesa", lo cual, por supuesto, es una pura estupidez. Hacer huelga "a la japonesa" en el Japón tiene sentido porque es huelga de verdad; hacerla aquí es otra cosa. Se llama comportamiento de "esquirol" o rompehuelgas. Y hasta Rajoy está en contra.

¿Por qué? Porque a todo el mundo se le alcanza que se trata de una huelga absolutamente justificada: tiene motivación económica en la brecha salarial; motivación política en la patente desigualdad de género en todas las actividades sociales y políticas, empezando por los partidos que dan prueba de ella mientras dicen combatirla; motivación social en la violencia machista en la sociedad. Tiene todas las motivaciones y legitimaciones y hace falta ser muy duro de mollera para no admitirlo. He leído que la señora Arrimadas y el señor Rivera se oponen a la huelga porque dicen que es anticapitalista y que ellos son partidarios del capitalismo. De donde se sigue que Rajoy, al apoyarla en cierto modo, es un peligroso antisistema. Aunque los políticos no lo crean, hablar no es obligatorio, sobre todo si no se tiene nada que decir.

La huelga de mañana merece todo el apoyo, especialmente si, en lugar de ser un hecho aislado, se convierte en el origen de una acción política más decisiva de las mujeres como tales y no como la parte femenina o feminista de las empresas patriarcales.

martes, 6 de marzo de 2018

Agotar todas las vías

La partida de la investidura es muy complicada. El terreno en que se juega es movedizo y carece de límites claros. El comportamiento del B155 es imprevisible. Por eso corresponde a los indepes ir tentando las posibilidades de llevar adelante su proyecto republicano. Hacer política, como siempre. A eso responde este acuerdo de JxC y ERC de investir a Sánchez al tiempo que pide una moratoria para convencer a la CUP.

Si de convicción va, se me ocurre la siguiente: la CUP quería investir presidente a Puigdemont, ¿por qué no a quien Puigdemont señale habiéndose él apartado voluntariamente? En principio, si se apoya a Puigdemont, se apoyará su decisión. ¿O eso depende de cuál sea la decisión? Entonces es que no se le apoyaba. Solo por ser congruentes.

En lo demás, la propuesta de Sánchez obliga al B155 a dar pasos en su estrategia. El gobierno piensa que el Supremo no permitirá al preso Sánchez asistir a su investidura y si, contra toda razón y sentido del Estado lo permite, listo está ya el recurso al otro Tribunal amigo. El Constitucional, siempre presto a amparar la causa de la justicia nacional. Es decir, Sánchez probablemente no podrá ser investido y la situación volverá al punto de partida. 

Aquí ya sí que el movimiento indepen deberá tomar una decisión, elegir un camino, como cuando Hércules hubo de decidirse entre la virtud y el vicio. Esto es: la mayoría republicana independentista proclama la República Catalana, inviste presidente a Puigdemont y se prepara para lo que se le venga encima o bien esa misma mayoría inviste presidente a un candidato al que el B155 no objete y cuya misión habrá de consistir en el levantamiento del 155 y la recuperación del autogobierno, si bien nada de esto parece practicable en presencia de presos y exiliados políticos.

El problema, en realidad, no es la investidura en sí; el problema es que Catalunya no puede gobernarse en situación de arbitrariedad y excepción. Que la única solución razonable es el reconocimiento del resultado de las elecciones de 21  diciembre, el levantamiento del 155 a todos los efectos, la cancelación de todos los procedimientos represivos, judiciales, administrativos, policiales, la liberación de los presos, el retorno de los exiliados y el restablecimiento del orden institucional en Catalunya bajo la presidencia de Puigdemont.

El resto ya es cosa de la política. De otra política. 

lunes, 5 de marzo de 2018

El fin y el movimiento

Toda acción implica una relación entre el fin que persigue y los medios que aplica. En la acción política colectiva tanto el uno como los otros son también colectivos. El medio principal para lograr la independencia es un movimiento social que la reclame. Llegados aquí y, si las cosas se ponen difíciles, suele reconsiderarse la relación del fin y el medio y, ante la dificultad sobrevenida de lograr el primero, hay quien sostiene que el medio pasa a ser fin: hay que conseguir que se mantenga el movimiento independentista. Las posiciones maximalistas nunca funcionan. Investir a Puigdemont es imposible en las circunstancias actuales, equivale a una propuesta de "llenar más las cárceles", que parece disparatada. Convocar nuevas elecciones es un casi seguro suicidio. Corresponde ser realistas, aumentar la base de la acción independentista, mirar a largo plazo y actuar con eficacia aquí y ahora.

Ayer publicaba Tardà un artículo de este contenido en El Periódico. Es un texto razonable, no claudicante y propositivo. Y aunque no lo fuera. Aquí partimos del hecho de que todas las aportaciones a este debate están hechas de buena fe y todas, por distintas que sean, pretenden el triunfo de la República Catalana. Por eso mismo pueden y deben ser debatidas. Con la misma buena fe. Tres puntos débiles observo en el razonamiento de Tardà:

1º) no está claro que la idea de llenar las cárceles, en contra de nuestra voluntad, por supuesto, sea tan errónea. Vuelvo al final sobre el asunto. Tampoco está claro que el resultado de unas nuevas elecciones fuera catastrófico. Por ejemplo, ¿y si se enmienda el error de las del 21 de diciembre y se presenta una lista única de país? ¿No es ese el referéndum pactado que tan afanosamente buscamos? ¿No es lo que apoya la parte pactista de los Comuns?

2º) Se me hace ingenua la oferta de acción conjunta con los Comuns (o la parte de estos más soberanista) así como el reto lanzado al PSC de que se plante de una vez entre el sometimiento y la independencia (por no decir autonomía, que sabe a poco) de criterio. Tengo al PSC por un partido decididamente antiindependentista, en la línea del PSOE. Su atitud frente al independentismo, pactado o no pactado es muy hostil.

3º) El propio Tardà, entiendo, incurre en contradicción. Si su propuesta realista, pragmática, de echar a andar con decisión y firmeza engordando de paso nuestros reales y aumentando nuestras fuerzas da como resultado, según el propio autor reconoce: "tiempos de desobediencia civil y de resistencia no violenta si se incrementan las desavenencias y la falta de diálogo", ¿en qué se diferencia su propuesta de la "rupturista"? ¿Es creíble que el Estado español tolere la desobediencia civil y la resistencia por muy no violenta que sea sin mandar más gente a la cárcel? Llenar o no llenar las cárceles, por desgracia, no depende de nosotros, sino de unos gobernantes que las emplean como medios de intimidación, amenaza y castigo en contra de un movimiento político democrático y pacífico de amplia base.

El movimiento no es el fin, sino el medio para alcanzarlo, cosa que no se conseguirá si, en lugar de proclamarlo ya volvemos a ponerlo en el horizonte.

domingo, 4 de marzo de 2018

La felina y ambigua realidad

Buena idea la del Musée d'Art Moderne de París de organizar esta exposición,y buena también la de la Fundación Mapfre de traerla a Madrid. Está sabiamente comisariada por Jacqueline Munck, conservadora del museo francés, que hace un gran trabajo con unos materiales algo escasos. Los aprovecha muy bien, los clasifica y explica atinadamente, y cumple su objetivo: aclarar qué tenían en común estos tres artistas, Derain, Balthus y Giacometti, para forjar una amistad duradera entre ellos.

Sabemos que los del gremio de san Lucas son dados a las fraternidades y que suelen formar grupos movidos por afinidades filosóficas, artísticas, por estilos. De ahí sale la idea de las vanguardias: grupos de artistas, más o menos coetáneos, que toman partido contra "lo anterior" o a favor de una idea nueva. ¿Qué une a estos tres que, además, a diferencia de otros casos, mantuvieron una relación realmente muy estrecha y permanente, pues duró todas sus vidas? La respuesta a primera vista puede parecer extraña: nada.

Ni siquiera eran coetáneos. Derain, nacido en 1880, era veinte años mayor que Giacometti y casi treinta mayor que Balthus. Sus mundos eran distintos, y sus países. Derain era francés; Giacometti, suizo italohablante; y Balthus (Balthassar Klossowsky de Rola), franco-polaco y medio alemán. ¿Qué podía unirlos? Su rechazo a la moda, al estilo y escuela dominante fuera la que fuera, su pretensión de realizar un arte puramente personal, individual, inconfundible. Y, desde luego, aunque se aprecian rastros de los unos en los otros (sobre todo entre Derain y Balthus, que tenían más en común), cada cual es inconfundible y siguieron siéndolo incluso cuando, por ejemplo, pintaban o dibujaban a las mismas modelos (uno de los diversos factores que compartieron) o se retrataban unos a otros.

Derain, el mayor, que ejerció una gran influencia, casi paterna, sobre Balthus, procedía del postimpresionismo y es notorio el peso de Renoir en sus desnudos femeninos. Pero ni el impresionismo ni el fauvismo (que él mismo contribuyó a fundar) lo retuvieron y, a partir de la Primera Guerra Mundial, se embarcaría en una búsqueda personal, con vuelta a la pintura renacentista y uso de las artes de los pueblos primitivos. De los tres, fue el más ajeno a las corrientes dominantes por entonces, cubismo y surrealismo. La recuperación del dibujo, la forma, el volumen y el amor por los colores (hay una copia de un cuadro de Breugel, juegos de niños, que capta a la perfección la limpieza cromática del flamenco), lo lleva a un estilo etéreo, casi desmaterializado de nuevo, como se ve en sus desnudos de gran tamaño o sus bodegones. Derain era ya un artista consagrado cuando los nazis invadieron Francia y de inmediato comenzaron a halagarle con intención de usarlo como propaganda. No supo o no fue capaz de resistirse y aceptó una invitación oficial alemana a una exposición en Berlín, en 1941, una visita que el régimen nazi publicitó. El pintor sería después acusado de colaboracionismo en su país y sometido a ostracismo una temporada. Él quiso justificarse sosteniendo que había aprovechado al viaje para interceder en favor de algunos artistas represaliados. Es posible, pero lo imperdonable, lo que raya en la perversión estética y moral es que la exposición a la que acudió era para celebrar el arte de Arno Brekker, un escultor nazi de espantoso gusto, creador de figuras de propaganda racista casi tan malas como las que Juan Ávalos perpetraría años después para el monumento fascista español en el Valle de los Caídos.

Giacometti, el más outsider de los tres, con ese pelo rizado y el aire de un personaje de Passolini, fue el que más contacto tuvo con el cubismo (hay una cabeza cubista suya de mujer en la exposición que no está nada mal) y el surrealismo, de cuya cofradía consiguió ser expulsado por André Breton. Aunque hay bastantes dibujos suyos, el grueso de lo que de él se exhibe, porque es lo que más trabajó, son sus tallas, sus rostros, sus estatuas inconfundibles de hombres y mujeres caminando o en algunas posiciones más o menos inverosímiles. Los tres amigos compartieron la modelo Isabel Rawthorne, artista a su vez; pero fue Giacometti quien la retrató quizá de un modo más obsesivo en talla y dibujo. Se exhiben escasos óleos del suizo; interesantes son un estupendo autorretrato como si fuera la edad de la inocencia y la fuerza y un bodegón. Toda la obra de Giacometti, sea escultura, dibujo o pintura, cristaliza en una búsqueda interminable de autenticidad y realidad en soledad que recuerda  la metafísica de De Chirico.

Balthus, el más joven, es también el más extraño y fascinante. Su nombre suele aparecer asociado a una ruptura de convencionalismo que algunos consideran excesiva, si bien su obra es muchísimo más amplia. Sus retratos de niñas y adolescentes, nínfulas aparentemente ajenas al efecto que producen, suelen recoger adjetivos como "intranquilizadores", "desconcertantes", "turbadores". Hay una petición ciudadana al Metropolitan Museum of Art en Nueva York para que retire su retrato "Teresa soñando" por obsceno. Cierto, la influencia de Derain en la obra de Balthus es grande. Pero este tiene su propio código. La copia del famoso retrato que hizo a Derain en batín junto a una de estas lolitas  (presente en la expo) así lo prueba. Derain venía a substituir al hombre que había ejercido un tiempo de padre con los dos hermanos Klossowsky (Pierre, el mayor, y Balthasar) y que más marcó la vida del menor: Rainer Maria Rilke. El poeta era amante de la madre de los dos hermanos y sentía un profundo afecto por ellos, hasta el punto de encauzarles en sus carreras. Ayudó a Pierre para que fuera secretario de André Gide y se encargó de que se publicara como libro una serie de cuarenta xilografías, muy en el estilo de Masserel, que Balthasar había hecho ¡con once años! El libro se llama Mitsou (nombre del gato), publicado en una pequeña editorial Suiza en 1921, se dio a continuación por perdido y solo recientemente ha reaparecido, publicado por el MET en 1984. Lleva un prólogo y unos textos de Rilke que, pasados los años, se publicarían como cartas a un joven pintor y cuenta la historia de un niño que encuentra un gato, vive con él, es feliz con él y, de pronto, lo pierde. Algo así deja huella. Sobre todo si la historia la cuenta el mismo niño en el momento en que se produce. Balthus pasaría un tiempo después firmando como Rey de los gatos. Estos felinos aparecen mucho en sus cuadros y en los de Derain. Sin ir más lejos en el controvertido retrato de Therese soñando. El poeta de "todo ángel es terrorífico" fue seguramente quien más impronta dejó en Balthus de quien es leyenda que, cuando la Tate Gallery preparaba su gran retrospectiva en 1968, habiendo pedido al artista un breve CV, este envió el siguiente por telegrama: "Sin detalles biográficos. Balthus es un pintor de quien no se sabe nada. Ahora, vamos a ver los cuadros. Saludos. B."

La exposición contiene obra gráfica de los tres referida al teatro, quizá el único punto en que coincidieron y mucho, aunque con diversa fortuna. Merece la pena ver los figurines, los escenarios, los bocetos, los trajes. Son un prodigio de imaginación. Derain, el que más trabajó para el escenario participó en obras como las Bodas de Fígaro o el Rapto del Serrallo o Cosí fan tutte. Balthus lo hizo en otro tipo de teatro, como Estado de sitio o la versión de Shelley de la terrible obra Los Cenci, con la que arrancó el "teatro de la crueldad", de Artaud. Quien menos actividad tuvo en escenografía fue Giacometti, que solo se encargó de una pieza, pero ¡qué pieza! El director Jean Luis Barrault le encomendó la escenografía de Esperando a Godot. Giacometti se fue a ver a Beckett y los dos propusieron el decorado que ha quedado para siempre identificado con esta obra mítica: un árbol solitario en mitad del escenario, parecido a una de sus estatuas humanas.

Muy interesante exposición de tres artistas que nunca aparecen juntos y muy de tarde en tarde por separado.

El todo y la nada

Dicen los entendidos que nos acercamos a una situación parecida a la de la Navidad de 2015. Formalmente, es posible. Materialmente, no. En 2015 no había presos ni exiliados ni embargados políticos. Hoy, sí. Eso no puede olvidarse y estoy seguro de que no se olvidará.

El resto es opinable. Las negociaciones para constituir gobierno tropiezan con dificultades y la abstención de la CUP a la fórmula propuesta por sus dos socios. Si esa abstención cuenta con producirse o bien no es necesaria porque se prohibirá la investidura de Sánchez con el 155 es aquí irrelevante. Lo esencial es que la unidad del independentismo amenaza con romperse. El panorama si esta ruptura se da se complica. De pronto comienza a entrar de nuevo la aritmética parlamentaria: con 66/64 escaños del bloque independentista y los cuatro inseguros de la CUP, la oposición podría salir de la modorra y forzar alguna fórmula imaginativa, aunque es muy poco probable.

Más da la impresión de que recomenzarán las negociaciones para encontrar una solución compartida. El problema es que las posibilidades de esa solución son cada vez menores, bajo las presiones opuestas del gobierno y la CUP, con el mismo número de diputados cada uno de ellos. Es imposible compatibilizar dos marcos, uno autonómico y otro constituyente. El conflicto llega tarde o temprano y en este caso, más bien temprano. En realidad, ya ha llegado. Y está claro que optar por la vía "rupturista" de proponer a Puigdemont o la gradualista o "fabiana" lleva al mismo sitio: al 155. Con un govern independentista, la  Generalitat no puede funcionar fuera ni dentro del marco autonómico. Y el bloqueo no es una opción. Investir a Puigdemont no hace sino adelantar acontecimientos, pero deja claro en dónde está la legitimidad, ahorra nuevas persecuciones y fuerza al Estado a tomar alguna medida en relación con Catalunya que pueda presentar entre los países civilizados.

Si no hay otra salida, será preciso pensar en nuevas elecciones cumplidos los plazos pertinentes. Y que sea la gente quien decida cuál es el marco que quiere y si los presos y exiliados políticos vuelven a casa.

Clases de Marx

Erik Olin Wright (2018) Comprender las clases sociales. Madrid: Akal.  Traducción de Ramón Cotarelo (299 págs.)
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Esta semana ha venido bastante tupida, que era como se llamaba antes lo petado. En primer lugar, se ha publicado el estudio introductorio de Palinuro a la utopía feminista Matriarcadia (Una utopía feminista) en la editorial Akal. Asimismo ha salido el nuevo libro sobre la República Catalana (España quedó atrás) en Ara Llibres, que estará en librerías el 26 de marzo.  Y ahora, la traducción que Palinuro ha hecho de este libro de Erik Olin Wright, también en Akal.

Este año es el bicentenario del nacimiento de Karl Marx. Para celebrarlo, nada mejor que demostrar la vigencia del marxismo y sus posibilidades analíticas. Ha sobrevivido a sus muchos enterradores, los que emplean el fusil como pala y los que se valen de la pluma, la ristra de académicos e ideólogos puestos a  probar que la doctrina marxista es falsa, como todo saber demoniaco. También ha sobrevivido a sus no menos abundantes panegiristas que ensalzan su verdad absoluta e incontestable con la misma agilidad mental que sostuvo el dogma el Concilio de Nicea tomándolo, dicen, como método de acción, cual si hicieran algo.

En días pasados se estrenó la película El Joven Marx, de la que Palinuro dio cuenta (Cómo Marx se hizo marxista), buen modo de comenzar a celebrar el aniversario. Buen modo de continuarlo es la publicación de este texto del marxista Erik. O. Wright, traducido por servidor quien también tradujo en su día Construyendo utopías reales (2014), del mismo autor.

Marx vivo. Parece una provocación. Con lo que han trabajado los filósofos del capital, los ideólogos de la ciencia social, los economistas a sueldo de los bancos por enterrrarlo bajo una montaña de alambicadas estupideces. Y ahí sigue presente el autor de El Capital, que tuvo el genio de dibujar el horizonte cultural de su tiempo y el nuestro, como decía Sartre. Ahí sigue, con su Manifiesto Comunista bajo el brazo, impertérrito ante los sofismas de los seudoliberales que lo pintan como enemigo de la libertad que ellos confunden con el ruido de sus cadenas. Ahí sigue, a pesar de la apelmazada defensa que de él hacen sus partidarios que, como el inquisidor de Dostoievsky a Cristo, lo fusilarían si resucitase. Neoliberales de tabardo y librea y comunistas de adocenado marxismo; forman el ejército de fariseos de gori gori y jaculatoria que harían decir de nuevo impaciente a Marx que él no es marxista,

Si hay una pareja clave de conceptos en el marxismo es la de plusvalía y clase social. La plusvalía es un concepto cuantitativo, fácilmente determinable, núcleo del fenómeno de la explotación, sobre la que se basa el capitalismo ayer, hoy y mañana. Como tal, no puede negarse ni refutarse en los términos "científicos" que los teóricos del capital dicen emplear, razón por la cual simplemente lo ocultan o hablan del tiempo. 

El concepto de clase social, en cambio, es cuantitativo y cualitativo a la vez. Admite aproximaciones empíricas de lo más variado y contiene una fuerte carga subjetiva y hasta emocional. Cualquiera sabe que tan importante es la clase en sí como la clase para sí o conciencia de clase, factor indudable de movilización social y motor de la revolución. Columna vertebral del devenir de la historia en cuanto proceso humano, hecho por los hombres que, sin embargo, no saben en qué dirección la empujan pues no determinan las condiciones desde la que lo hacen.

Que Marx esta vivo, alive and kicking, queda claro en este último libro de Wright, especie de vademécum del concepto de clase social en el pensamiento contemporáneo. Se trata de un utilísimo texto no solamente para orientarse en el panorama actual sobre los estudios de clase sino también para entender cómo ve el marxismo contemporáneo los intentos actuales de criticarlo, refutarlo, superarlo, completarlo o actualizarlo. Wright pasa cumplida y atenta revista a los análisis de clases de Max Weber, Charles Tilly, Aage Sørensen, Michael Mann, David Grusky y Kim Weeden, Thomas Piketty y Guy Standing, haciendo justicia a todos ellos con elegancia académica, a pesar de que, en algunos caso (por ejemplo, Grusky y Weeden) sus discrepancias sean abismales. Cualquiera que tenga un conocimiento somero de la Sociología contemporánea, en especial del análisis de clases, estará de acuerdo en que se trata de un trabajo formidable y de enorme utilidad para orientarse en un panorama confuso.

No me extenderé en considerar más de cerca los juicios de Wright sobre los análisis ajenos de las clases sociales, salvo para señalar que el autor demuestra su espíritu crítico, marxista y abierto en ls simpatías mayores o menores que profesa por los demás: Standing, Sørensen y Mann son los más cercanos a su corazón; Weber, Tilly y Piketty son tratados con el respeto que merecen y el filo crítico queda para Grusky y Weeden, actitud compartida por este crítico, que no suele llevar bien la arrogancia de los microempiricistas.

La conclusión es que el marxismo está vivo no gracias a los esfuerzos de quienes tratan de rescatarlo aprestando botiquines de emergencia de otras aventuras, como los representantes del marxismo analítico, estilo Cohen o del de decisión racional, estilo Elster, y como en buena medida también pretende el propio Wright con la mejor voluntad del mundo. La permanencia del marxismo no depende de su capacidad para fusionarse con otras doctrinas, sino que nace de su propia fuerza interior. El marxismo es autopoiético y, mientras haya seres humanos sobre el planeta y estos se ganen la vida explotándose unos a otros, el marxismo seguirá vigente. 

Otra cosa es la especificidad de algunos de sus elementos. El concepto de clase es determinante y una muestra clara del valor de Wright al abordar el tema esencial y más controvertido del marxismo. Se entiende su preocupación, casi obsesión por aclarar esta cuestión medular de la doctrina. Obviamente, si la clase social es el sujeto de la revolución pero no me aclaro respecto a qué sea clase social, dejaré mucho que desear a la hora de ser reconocida como revolucionaria. Hace un par de años ya publicamos en Tirant Lo Blanch otro libro de Wright sobre esta temática, Modelos de análisis de clases, muestra de que no hablamos a humo de pajas. 

Pero, exactamente, ¿por qué esta preocupación? ¿Qué sucede con el concepto de clase, central en la sociología y absolutamente esencial en el marxismo? Sencillamente, que se da un hiato, una separación e incluso oposición entre el concepto científico de clase social y la enmarañada, confusa y contradictoria realidad de la cosa en sí. La pretensión de acuñar un concepto científico de clase social implica el deseo de dar con una fórmula cierta, de validez universal, independiente del tiempo y del espacio. Sin embargo, la realidad clase social es magmática, confusa y, sobre todo, histórica.  En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx distinguía cuatro clases en la antigua Roma:  patricios, équites, plebeyos, esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros y oficiales y otros matices. En el capitalismo, sin embargo, las clases quedaban reducidas a dos, burgueses y proletarios, procediendo el nombre de la segunda también de la antigua Roma pero sin que el mismo autor la hubiera mencionado en ella. ¿Por qué? 

Obviamente, porque no hay un concepto ahistórico de clase social sino que esta dependerá de las circunstancias sociales y económicas de cada momento y las relaciones de poder en él. Del modo de producción y la formación social, por utilizar los términos de la casa. Lo único seguro que tenemos es que los seres humanos en todo tiempo y lugar saben que individualmente considerados no son nada y, para tener algo de eficacia, han de formar grupos, familias, tribus, philés, hordas, comicios, polis, clases. Igualmente podemos asegurar que, siempre que puedan, esos mismos seres humanos se incorporarán al grupo que les reporte mayores beneficios. Las clases cambian con los tiempos, incluso dentro de un mismo modo de producción y las razones para integrarlas, también. 

Hasta la fecha siempre ha habido clases sociales. Que siga habiéndolas o no es un imponderable. El marxismo sobrevive por su capacidad para dar cuenta de las clases en su historicidad, sin estar atrapado en corsé empírico alguno que un cambio tecnológico como los muy radicales que llevamos viviendo los últimos veinte años pueda inutilizar.

sábado, 3 de marzo de 2018

Allanando el camino


El gobierno sigue mostrando su rostro más amable para el entendimiento. Antes de que se pronuncie el Supremo sobre la investidura de Sánchez, avisa de que Sánchez no será investido. Si el Supremo cede, irá al Constitucional. Aquí solo puede ser presidente quien el gobierno diga, si bien dentro de una amplia gama de posibles candidatos que no tengan cuentas pendientes con la justicia. Dicho por M. Rajoy, presidente del gobierno y del partido asociación de presuntos delincuentes. El deterioro de la situación desde el punto de vista del Estado de derecho es alarmante. Los jueces hacen lo que dice el gobierno y dos huevos duros y el gobierno no sabe ni lo que dice. El atildado ministro portavoz asegura sin pestañear que la creación de estructuras paralelas es simplemente imposible y avisa de que no habrá ni un euro público para esa imposibilidad. Todo lo que ha pasado era imposible. Hasta que fue posible. Y, en cuanto a los euros públicos, si los ha habido para autopistas sin coches, aeropuertos sin aviones y ministros ladrones, ¿por qué no para unas estructuras paralelas? 

Quedarían mejor aceptando esas estructuras paralelas por dos razones: 1ª) porque son el producto de su intransigencia y autoritarismo; 2ª) porque no pueden impedirlas. Las estructuras paralelas ya están funcionando y no lo hacen del todo mal. 

Al lado cabe admirar otra estructura paralela. Este país tiene una fundación dedicada a enaltecer la memoria de un dictador sanguinario que muchos tienen por genocida. Y la subvenciona con euros públicos destinados a estructuras paralelas. Una fundación presidida ahora por alguien que, al parecer, es partidario de emplear el ejército para resolver la crisis catalana y fue ayudante de campo del rey emérito. Fundación que es motivo de escándalo y vergüenza, pero que en nada desdice del hecho de que la Real Academia de la Historia editara unos años atrás un diccionario biográfico nacional cuya entrada sobre Franco fue redactada por un ferviente admirador, presidente también que había sido de esta fundación. Franco, caudillo glorioso de España. Hasta hoy. 

Estructura paralela por estructura paralela, ¿tiene alguien alguna duda?

viernes, 2 de marzo de 2018

La esperanza está en los "panteras grises"

Esa jaculatoria de "no podemos gastar lo que no tenemos" es la que, entre otras mentiras, empleó al pie de la letra el hombre de los sobresueldos para ganar las elecciones de 2011. Venía acompañada de otra, dicha en tono patriarcal de que "si hay algo que no tocaré serán las pensiones".

Y ya se ve en dónde nos encontramos. El PP de M. Rajoy y  los demás partidos parlamentarios pues todos han ignorado la cuestión de las pensiones si bien en distinto grado, se encuentran con un estallido que no esperaban de un sector muy importante electoralmente. Se azoran todos y andan lanzando propuestas y pidiendo la convocatoria del Pacto de Toledo. Mientras tanto, los teóricos fabulan el legado del 15 M, recogido ahora por trémulas manos.

El planteamiento gubernamental del asunto ha sido tan agresivo como el de un asaltacaminos: un día dice M. Rajoy que la gente vaya ahorrando para pagar por la educación (hasta ahora servicio público gratuito) y las pensiones, hasta ahora un derecho de los jubilados. Al día siguiente toma medidas a favor de los planes privados, con los que los bancos quieren enriquecerse más. Al otro se niega a subir las pensiones más que el oprobioso 0,25%, aduciendo que no tenemos dinero para pagar la subida. Lo remata el gobernador del Banco de España, pintando de negro el futuro de las pensiones (de los demás) y mirando con codicia las viviendas en propiedad de los jubilados con las que podrían financiarse su pensión; o sea, que se vayan al otro mundo hipotecadas.  

No es de extrañar que la gente estalle y lo haga como lo hace, espontáneamente. A unos jubilados que en muchos casos han de aportar su pensión al sostenimiento de algún parado en el hogar y han de pagar ahora por una asistencia sanitaria antes gratuita se les dice que no hay dinero para mantener sus pensiones (lo de subirlas es un eufemismo): que lo tienen crudo y pueden darse con un canto en los dientes pues aún están bajo techo.

El estallido es lógico. Las pensiones son un derecho de los jubilados por su trabajo a lo largo de sus vidas, no una gracia discrecional del gobierno. Es un derecho y el gobierno tiene que respetarlo, sacando el dinero de donde lo tenga. Porque, si ahora no hay dinero, antes lo hubo: 60.000 millones de euros del fondo, precisamente, de las pensiones. (Por cierto, tan mala no fue la herencia de Zapatero cuando le ha dado al M. para pillar 60.000 millones). Había dinero y dinero, además, de los pensionistas. ¿Qué han hecho con él? Es fácil, regalárselo a la banca (que ahora reparte dividendos de cine), rescatar autopistas quebradas, construir aeropuertos y AVES ruinosos, comprar deuda pública española, o sea, bonos basura y robar el resto a manos llenas. 

El saqueo no puede quedar impune. Los jubilados, que mantienen la protesta en la calle, aseguran hacerlo en nombre de sus hijos y nietos. Y de inmediato han comenzado las redes a afear a esos hijos y nietos que hayan de venir sus padres y abuelos a sacarles las castañas del fuego. 

Desde luego, si este ejemplo no mueve a la izquierda a echar a un gobierno corrupto que literalmente está destruyendo el país, este tendrá lo que merece.

jueves, 1 de marzo de 2018

Cap a la República


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Declaración institucional del presidente de la República catalana en el exilio. A pesar de los esfuerzos del B155 (gobierno, partidos dinásticos, medios y jueces), de sus trampas, chantajes y provocaciones, el movimiento independentista no se ha fracturado.

La unidad es su activo más importante y el que le hará ganar.

Igual que el autoritarismo, la arbitrariedad, la corrupción y la falsedad harán perder al B155 que, es obvio, no sabe en dónde se ha metido. Por arrogancia, chulería, estupidez, ignorancia y autoritarismo. No, no sabe en dónde se ha metido. Se cree muy listo (especialmente el círculo de inútiles que rodea a Sáinz de Santamaria, todos creyéndose astutísimas) y no hace más que disparates que le costarán muy caros.

Hoy mismo, el Financial Times publica un artículo demoledor para el gobierno español en el que vaticina que Catalunya será como fue Vietnam para los Estados Unidos, el origen de su derrota, su retirada y su vergüenza.

Las reivindicaciones catalanas no se acallan aporreando a la gente a mansalva, ni dando golpes de Estado del 155, ni encarcelando a unos u obligando a otros al exilio, ni dejando que los matones con o sin uniforme apaleen a la gente en la calle, ni haciendo que los jueces serviles prevariquen persiguiendo penalmente ideas política, ni mandando reyezuelos con ínfulas  coloniales a hacer el ridículo. 

Las reivindicaciones catalanas, independencia y república, no se acallan.

Hoy mismo también la presidencia de la República Catalana ha denunciado a España ante el Comnité de Derechos Humanos de la ONU.

No, no saben en dónde se han metido. 

Si tienen alguna duda, presten atención a las palabras de Puigdemont.

La línea de salida es la de llegada

Decía ayer Palinuro (la fuerza y la política) que las dos pistas que pueden seguir los indepes, la que llamaba gradualista o "fabiana" y la rupturista de la CUP, serán más o menos iguales en sus efectos. Cuesta mucho pronunciarse. Hay veces que parece más sensata la primera y veces en que la segunda. La única diferencia es el tiempo en que se produzca la ruptura. La fórmula originaria de la CUP lo abreviaba a cosa de un par de días. O menos. El gobierno y la fiscalía se adelantaron a amenazar con acciones penales contra la mesa del Parlament. Dicho y, es de suponer, hecho

La pista "fabiana" alarga más los tiempos; pero no se sabe cuánto. No hay seguridad alguna de qué cosas puedan el gobierno y sus jueces considerar ilegales, pues aunque se retirara el 155, tardaría poquísimo en reactivarlo con universal aclamación de los partidos dinásticos (todos los de ámbito estatal, en definitiva) y la presta colaboración de la brigada de embellecimiento judicial. Con o sin 155, el gobierno continuará bloqueando toda iniciativa de la Generalitat que, a su juicio, desborde el marco estatutario que es, justamente, lo que la Generalitat debe hacer para reiniciar o iniciar (que no vamos a ser exquisitos en estas cosas) el camino del mandato recibido el 1-O y revalidado el 21 de diciembre de 2017.

En resumen, la línea de salida para el govern es ya la de llegada para el gobierno. Solo una aporía de Zenón podría introducir alguna distancia entre la una y la otra.

Sin duda la realidad cotidiana abrirá intersticios que se aprovecharán para afirmar la República implícitamente. Habrá una tendencia general a lo implícito. Se recurrirá a todo tipo de ficciones jurídicas y seguramente el Estado hará la vista gorda ante muchos supuestos ultrajes, con la consiguiente bronca con sus sectores más carcundas y ultrarreaccionarios. Se atribuirá valor simbólico a lo real y real a lo simbólico, se evitará la represión judicial en la medida de lo posible.

Pero nada de eso es duradero porque se pretende gestionar una normalidad asentada en una anormalidad: la existencia de presos y exiliados políticos y todo tipo de represaliadas también políticas. Una situación que entra en el concepto de "normalidad" del B155 (gobierno, partidos, medios y jueces) pero no del bloque y el movimiento independentistas que no puede aceptarla. La CUP ha hecho muy bien aceptando, aunque sea a regañadientes, el pacto de JxC y ERC. Prevalece el criterio de unidad que es el que debe prevalecer porque es la última garantía de éxito. Queda pendiente cómo articulará su decisión cuando la presente a su asamblea, que parece más radicalizada. Quizá prospere la tesis unitaria y se salve el escollo del pacto parlamentario.

Pero esa radicalización de la CUP responde una radicalización del movimiento social, en la calle. Es también muy probable que el movimiento acepte el gradualismo, allí hasta donde llegue antes del nuevo zarpazo. Y hará bien. Pero eso no quiere decir que nadie, partidos, organizaciones sociales, movimiento en general acepte la "normalidad" impuesta porque es anormalidad y anormalidad injusta. Con la represión como única respuesta, el Estado deberá aceptar el inevitable y sistemático trastorno de las relaciones sociales e institucionales al estilo del que se produjo en la visita de Felipe VI al Mobile. Los gobernantes españoles solo podrá circular por Catalunya a golpes de porra. La situación es de anormalidad y seguirá siendo mientras se mantenga la represión política y judicial del Estado. A ver cómo se controlan o impiden los desplantes institucionales, manifestaciones, escraches, paros, caceroladas, boicoteos, desobediencia. ¿Acentuando la represión? ¿Hasta dónde? ¿A qué precio? ¿Se mantiene la Ley Mordaza? ¿Se intensifica? ¿Se prohíben asociaciones y partidos indepndentistas? ¿Se decreta el toque de queda?

Están ciegos. No ven que por esa vía ya han fracasado y, cuanto más la sigan, más fracasarán. La ruptura es un hecho y no va a soldarse a palos o con cárceles.

Nuevo libro de Palinuro

A partir del 26 de marzo estará ya en librerías. Para ese día preparamos una presentación en Barcelona que Palinuro anunciará en su momento. Es la continuación de La República Catalana y en el mismo editor. Si aquel va por la 5º edición, para este me gustaría esperar destino igual o mejor. Quizá en un acto de imperdonable orgullo, hubris en el mal sentido griego, me tengo por el cronista de la revolución catalana. Desde los primeros tiempos de La desnacionalización de España (Tirant Lo Blanch, 2015) que, a pesar de su densidad, va hacia su tercera edición, los acontecimientos han llevado un curso sorprendente y acelerado que he intentado observar, analizar e insertar en una interpretación de un fenómeno que ya ha cambiado el curso de la historia de España y está cambiando la de Europa.

Y no solamente es un trabajo de seguimiento, análisis e interpretación sino también de participación. En la vorágine de un procés del que ya sus adversarios más jacarandosos no se atreven a burlarse llamándolo prusés, el cronista se ha implicado directa y personalmente. Lo aclaro en España quedó atrás, echando mano del concepto antropológico de la observación participante. El libro contiene, claro, reflexión y análisis sobre cuestiones controvertidas, pero también es (casi la mitad de la obra) crónica directa de unos hechos que el autor ha vivido directamente, que no ha leído ni escuchado de otros, sino que los ha experimentado de modo inmediato. Del 1-0 de 2017, Palinuro no se enteró por la TV o los periódicos, sino que estaba allí, en un polideportivo de un pueblo próximo a Barcelona, acompañando a quienes guardaban las urnas y luego votaron. De la declaración de independencia el 27 de octubre tampoco supo de oídas, sino que la presenció en directo en el pleno del Parlament. La gran manifestación de Bruselas del 7 de diciembre no se la contó nadie pues la vivió en primera persona en las calles de la capital de Bélgica. De las elecciones del 21 de diciembre no supo leyendo los resultados, sino que iba en la lista electoral de la ERC y participó en los mítines de la campaña.  El autor ha acompañado paso a paso esa revolución, tiene a gala haberla visto crecer a lo largo y ancho de los pueblos catalanes desde el Baix-Ebre al  Alt Empordà, desde el Maresme a la Catalunya interior. Y, con el autor, su familia, su mujer e hijos, todos ellos tan integrados en el aliento colectivo como él. Nos hemos hecho tan parte directa de esta revolución como todas las voluntarias que lo alientan y mantienen vivo.

El libro ha nacido de ese día a día de actos, diadas, manifestaciones, de la experiencia directa de un movimiento único y el título, España quedó atrás, traduce, creo, la sensación que tenemos todos: no sabemos, cómo continuará en el futuro inmediato la marcha a la República Catalana porque las reacciones de esta vetusta, cínica y retardataria oligarquía mesetaria, sus monaguillos de la sedicente izquierda y su ridículo monarca son imprevisibles. Pero sí sabemos que, siga por donde siga, para Catalunya, España quedó atrás. Pertenece a otro siglo.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Nuevo libro de Palinuro

A partir del 26 de marzo estará ya en librerías. Para ese día preparamos una presentación en Barcelona que Palinuro anunciará en su momento. Es la continuación de La República Catalana y en el mismo editor. Si aquel va por la 5º edición, para este me gustaría esperar destino igual o mejor. Quizá en un acto de imperdonable orgullo, hubris en el mal sentido griego, me tengo por el cronista de la revolución catalana. Desde los primeros tiempos de La desnacionalización de España (Tirant Lo Blanch, 2015) que, a pesar de su densidad, va hacia su tercera edición, los acontecimientos han llevado un curso sorprendente y acelerado que he intentado observar, analizar e insertar en una interpretación de un fenómeno que ya ha cambiado el curso de la historia de España y está cambiando la de Europa.

Y no solamente es un trabajo de seguimiento, análisis e interpretación sino también de participación. En la vorágine de un procés del que ya sus adversarios más jacarandosos no se atreven a burlarse llamándolo prusés, el cronista se ha implicado directa y personalmente. Lo aclaro en España quedó atrás, echando mano del concepto antropológico de la observación participante. El libro contiene, claro, reflexión y análisis sobre cuestiones controvertidas, pero también es (casi la mitad de la obra) crónica directa de unos hechos que el autor ha vivido directamente, que no ha leído ni escuchado de otros, sino que los ha experimentado de modo inmediato. Del 1-0 de 2017, Palinuro no se enteró por la TV o los periódicos, sino que estaba allí, en un polideportivo de un pueblo próximo a Barcelona, acompañando a quienes guardaban las urnas y luego votaron. De la declaración de independencia el 27 de octubre tampoco supo de oídas, sino que la presenció en directo en el pleno del Parlament. La gran manifestación de Bruselas del 7 de diciembre no se la contó nadie pues la vivió en primera persona en las calles de la capital de Bélgica. De las elecciones del 21 de diciembre no supo leyendo los resultados, sino que iba en la lista electoral de la ERC y participó en los mítines de la campaña.  El autor ha acompañado paso a paso esa revolución, tiene a gala haberla visto crecer a lo largo y ancho de los pueblos catalanes desde el Baix-Ebre al  Alt Empordà, desde el Maresme a la Catalunya interior. Y, con el autor, su familia, su mujer e hijos, todos ellos tan integrados en el aliento colectivo como él. Nos hemos hecho tan parte directa de esta revolución como todas las voluntarias que lo alientan y mantienen vivo.

El libro ha nacido de ese día a día de actos, diadas, manifestaciones, de la experiencia directa de un movimiento único y el título, España quedó atrás, traduce, creo, la sensación que tenemos todos: no sabemos, cómo continuará en el futuro inmediato la marcha a la República Catalana porque las reacciones de esta vetusta, cínica y retardataria oligarquía mesetaria, sus monaguillos de la sedicente izquierda y su ridículo monarca son imprevisibles. Pero sí sabemos que, siga por donde siga, para Catalunya, España quedó atrás. Pertenece a otro siglo.

La fuerza y la política

Los independentistas suelen señalar que ellos hacen política frente a una actitud autoritaria del gobierno. Y así es. Política, diálogo, negociación, pacto, acuerdo, frente a imposición. 

Dos noticias comparadas de hoy muestran el daño que esta cerrazón autoritaria está causando. Solo puede defenderse mediante la dictadura del 155, que ya ha arrasado los últimos retazos de Estado de derecho y división de poderes. El Confidencial dice que el gobierno se planteará mantener el 155 si hay un presidente imputado, es decir, proseguirá con la dictadura. El País, matiza que el gobierno deja al Supremo la iniciativa para evitar la investidura de Sánchez. Desvergonzadamente claro: el Tribunal Supremo es el cuarto de banderas del gobierno. El gobierno confía en que el juez Llarena prohibirá que Sánchez sea investido. ¿Por qué motivo? Eso es cosa del juez, mire usted, que España es un Estado de derecho. Y si un fiscal puede "afinar", un juez hará biselado.  

De no ser por la hostilidad, la mala fe, los prejuicios que presiden estos hechos y causan tanto sufrimiento inútil, el asunto sería para Luces de Bohemia

En definitiva, los discursos unionistas no merecen atención. El gobierno siempre encontrará un motivo para seguir con la dictadura del 155, hagan los indepes lo que hagan. Obsérvese que la represión se preanuncia: el gobierno no solo se opone a la investidura de Sánchez, sino de cualquier candidato imputado. Y luego será a cualquier candidato a secas.

El independentismo solo tiene dos caminos que, en el fondo es el mismo, pero por dos pistas distintas. De un lado, jugar en el margen que marca la "legislación vigente", por dar algún nombre al gobierno arbitrario e ilegal del 155. De otro, la CUP, como siempre muy crítica, reclama la necesidad de implementar sin más la República Catalana, recuperando la tarea constituyente en el punto en que fue ilegalmente interrumpida el 27 de octubre de 2017. Hay quien dice que esta fórmula tiene el inconveniente de acelerar la intervención definitiva, total, excepcional del Estado y el fin de la autonomía catalana. Como todas las predicciones cuenta con un grado determinado de probabilidad.

Pero es que la otra opción, la que podríamos llamar "gradualista" o "fabiana", de ser fiel a su objetivo estratégico, acabará provocando el mismo resultado que la anterior aunque quizá con un grado distinto de probabilidad. Luego no hay diferencia de fondo sino, si acaso, de tiempo. Las dos vías son posibles y hasta combinables. En todo caso, ambas son política.

Del otro lado solo cabe esperar la fuerza, hasta que esta se devore a sí misma.

Duelos y quebrantos de lujo

Aquí mi artículo de hoy en elMón.cat

En días pasados Palinuro advertía de que los Borbones, generalmente poco leídos y este en concreto, que aun parece serlo menos, no conocen los Espejos de príncipes. Tampoco parecen conocer otras fuentes de información, como los periódicos, las televisiones o las redes y dan la impresión de contar con gabinetes de información y asesoría poblados por pollinos. ¿A quién se le ocurrió la idea de enviar al rey a Barcelona estando los ánimos como están? ¿Qué se pretendía? ¿Humillar, provocar más a los catalanes en medio de una revolución? Menuda metedura de pata por la que, como siempre, no dimitirá nadie (ni falta ya que hace) porque para gente tan obtusa la rebelión ciudadana de Barcelona contra el rey no ha existido. Como no existieron la consulta del 9N, el referéndum del 1-O, la declaración de independencia ni la reforma protestante. Además, si leen sus pasquines, miran sus televisiones o escuchan sus radios, sabrán que la inauguración del Mobile ha sido un éxito punteado por muestras populares de adhesión a la Corona y hasta una manifestación de españoles monárquicos que convocó una decena de personas.

Para el resto del planeta, la visita del Borbón ha sido un sondeo demográfico sobre el cerrado rechazo que la Monarquía despierta en Cataluña y que ahora, gracias a los corresponsales extranjeros, ya conoce todo el mundo.

La huida del Borbón a la noche en un lamentable pies para qué os quiero, dejó flotando en el aire barcelonés el himno de Riego y en las calles la realidad de una república imparable.

Aquí la versión castellana, que trata de eso:

El amargo día del Borbón

La visita de Felipe VI a Barcelona para la inauguración del Congreso de Móviles fue un visto y no visto. Pero sí muy oído. Durante todo el accidentado recorrido del Rey, la ciudad vivió en un tumulto de segundo plano, continuo, a veces visible, a veces invisible.  Nadie salió a recibirlo con vítores y palmas. Los recorridos reales transcurrieron por plazas y calles vacías, cortadas y desalojadas por la policía y los mossos d’esquadra que se emplearon a fondo en varia ocasiones, cargando contra la gente que estaba haciendo lo que suele hacer la gente: estorbar a los poderosos que quieren pasear por donde no los quieren. El centro de Barcelona parecía en estado de sitio.

Los efectos sonoros fueron constantes. Si no de vista, los barceloneses obligaron al Borbón a tragarse su presencia auditiva. Durante toda la jornada repiquetearon las cazuelas y sartenes, los pitos y matracas, se oyeron gritos contrarios a la Monarquía y favorables a la República, un sordo y encrespado rumor que llegaba hasta los salones y comedores en que trascurrieron los desagradables actos de la inauguración, como si fuera un cuadro de Umberto Boccioni, Llegan los ruidos de la ciudad. De una ciudad, de un país republicanos que quisieron hacer patente este sentimiento al rey de España, de visita ingrata al territorio en el que sus fuerzas del orden, habían dejado más de mil heridos unos meses antes por querer vivir en democracia. En una sola jornada, se ha visto que el Borbón es tan rey de Cataluña como lo es de Jerusalén, título que también ostenta con la misma eficacia aproximadamente.

El valor simbólico de este acto de desacato y rechazo masivo, generalizado, es inmenso. Es como un anuncio de un nuevo Delenda est Monarchia! orteguiano. El Rey se volvió por donde había venido, dejando tras de sí una docena más de heridos (tradición borbónica de entrar a saco en tierras catalanas) y un desprecio y rechazo colectivos en el que se aunaban las manifestaciones callejeras más ruidosas con los desplantes más gallardos de las autoridades barcelonesas y catalanas que se negaron a rendirle pleitesía. Nadie de relieve fue a besarle la mano excepto alguna alcaldesa socialista reciclada en cortesana periférica.

Los rostros, los gestos, las miradas que echaban fuego constituyeron la mímica, bastante ridícula a ratos, de este acto protocolario y provocador que solo pretendía aplastar la naciente República Catalana con la presencia de un monarca nada bienquisto. ¿Qué cómo se sabe? Porque el CIS ha dejado de preguntar por la valoración ciudadana de la Corona  en sus sondeos y barómetros. Al Borbón no lo quiere casi nadie en España y, menos aun en Cataluña. Es el último representante de una dinastía de trayectoria tan triste como ridícula, reestablecida por un dictador genocida y del que toda la sociedad espera que sea eso, el último y, a ser posible, breve.

Ahora que la familia del dictador anda de mudanza, tratando de colocar en el mercado el Pazo de Meirás, una de las propiedades que pillaron en el pasado, sería bueno que metiera en el lote la corona, el trono y el armiño de un rey que no tiene ni idea del país que pisa, empezando por ignorar que no es uno, sino dos. Una monarquía que hiede a franquismo, como recuerda uno de esos exministros semizombies del dictador cuando dice con perfecta sinceridad y exactitud que si se deslegitima el franquismo, se deslegitima la Monarquía. Pura lógica cartesiana, dado que el monarca español lleva el estigma del terror y la barbarie franquistas hasta en la Corona.

Por algo ni él, ni su padre (que se educó como edecán de Franco), ni el gobierno de turno, ni su partido (que es también y sin disimulo el partido del rey) han condenado jamás el franquismo. Sería como condenarse a sí mismos, que son hechura del dictador delincuente. Ni lo harán. Desaparecerán irredentos por el escotillón de la historia  a partir de la ya imparable revolución catalana. Si no en el Estado español, en el que los republicanos siguen refugiados en los cenáculos literarios, sí en Catalunya, cuyo espíritu y condición republicanas quedaron bien claros en la infausta jornada barcelonesa del Borbón humillado.

Cada vez más clara la distancia, la cesura, la separación, el cleavage entre la España monárquica y la Cataluña republicana. Suele decirse que a la República Catalana le pasa lo que al caballo de Orlando, que tenía todas las virtudes excepto la de la existencia. Con mayor razón del Rey de España que no es que vaya desnudo por Cataluña sino que, simplemente, no va o, si va, ha de volverse con el rabo o la corona entre piernas.

A monarquía vacante, República triunfante. A Rey ausente, República presente. El monarca y sus cortesanos del 155 (PP, PSOE, C’s y, en menor medida pero pujando, Podemos) harán los planes que quieran para sus dominios, reformas constitucionales, reformas electorales, apaños aquí o allá, remiendos y zurcidos en el andrajo español para ver si tira hasta las próximas elecciones y se puede seguir engañando a la gente, haciendo pasar una dictadura personal de un personaje inepto por un Estado de derecho . En Catalunya se ha abierto una era que los franquistas en el gobierno y en la oposición en España son incapaces no ya de detener sino simplemente de entender. Igual que la virreina catalana y su cipayo delegado no entendían nada de lo que pasó en Cataluña en un eco lamentable de la “noche triste” de Cortés, cuando los españoles se vieron obligados a retirarse de Tenochtitlán.

martes, 27 de febrero de 2018

El preso que hace camino

Vuelve El País por su beligerancia. El "separatismo pacta", una expresión que delata despecho e inquina. No por lo de "separatismo" sino porque "pacta", en lugar de obedecer a la realidad que el periódico lleva meses describiendo y estar a bofetada y navajazo limpias. Y lo del "preso Sánchez" es sublime. A ver si se les escapa "preso político Sánchez", aunque es poco probable. Más lo es "delincuente Sánchez", con lo que se entenderá Jordi Sánchez; si fuera La Razón, cabría la duda de si el mentado era Pedro. Ahora viene el entretenido juego de a ver cuánto tiempo deja el B155 ser presidente a Sánchez o cuánto pasa hasta que el Supremo decida inhabilitarlo. Habrá sus más y sus menos y, contando con los altavoces en Bruselas y Ginebra, el espectáculo mediático europeo está garantizado. 

Y no solo el espectáculo; también los más profundos debates. Acabo de leer un artículo de un izquierdista alemán en Sozialistiche Alternative, Kampf um Katalonien que da un buen repaso a la izquierda española. Sí, esa que no está dispuesta a comprender el carácter de la revolución catalana. Ni siquiera cuando esta se constituye en República, el régimen que, en principio, debiera reclamar la izquierda española. Pero no lo hace.

La peripecia del Borbón en el IMC ha sido impresionante. Un grito de rechazo de todo un pueblo. Mírelo como quiera el monarca; eso es. Llueve la pedrea de comentarios. A una queja de Ada Colau, Felipe responde que él está para defender la Constitución. Es lo de M. Rajoy pero un grado más porque para eso es rey: Rajoy defiende la ley; Felipe, la Constitución. Pero ni la una ni la otra se pueden defender contra la gente, que es la base de su vigencia, porque, si se intenta, ya no es defender, sino imponer a la fuerza, que es lo que está pasando a ojos del mundo entero. No se hicieron las gentes para las leyes, sino al revés.

Virales se han hecho las fotos con la cara de cabreo, de soberbia herida, del Borbón. Y la de la vicepresidenta del gobierno. Millo se quedó sin cara, escondido detrás de su corbata VERDE, haciendo méritos a calificar de pisaverde. Pero me hubiera gustado ver las caras de los dirigentes de la izquierda española al ver las de sus mandatarios, su rey. Las caras al oír la abrumadora cacerolada, los vivas a la República, los fora el Borbon que se oían en el Palau, el himno de Riego a todo volumen. Invocando nombres casi sacrales, como Marx y Lenin, el izquierdismo europeo afea al español el apoyo al Estado central reaccionario, asimilándolo al que algunos daban a la Rusia zarista, "cárcel de pueblos". 

"¡Ah!" clama la izquierda española, "España no es el imperio zarista ni una cárcel de pueblos. España es una nación, respetuosa de su diversidad interna". Muy respetuosa, pero muy "su" y muy "interna"; una nación que se puede gobernar toda ella desde la izquierda. Pero, al ser el independentismo republicano, la izquierda se encuentra con la trágica paradoja de que para alentar la nación española tiene que servir a la monarquía. Esa izquierda no puede propugnar una España republicana porque todo parecido o cercanía al independentismo es anatema electoral. No es que la izquierda española no comprenda la República Catalana; es que no le interesa comprenderla porque la pone ante el espejo de su propia miseria. 

Así que, gracias a su magnánimo, prudente y amoroso comportamiento, Felipe VI ha conseguido ser tan rey de Cataluña como lo es de Jerusalén. Y, despejado este asunto, la República Catalana procederá en breves días a nombrar un gobierno y reconocer la legitimidad de la presidencia de la República en el exilio, transitoriamente. 

Están haciendo camino. Es una revolución. Quien diga que esa República no tiene de tal más que el nombre hará bien en recordar que en España así suelen ser los debates (incluso a muerte por aquello de la bravura de la raza), por nombres. El presidente de la República para los independentistas es un "prófugo" para los unionistas; la República, la Generalitat; los presos políticos, políticos presos; la declaración de independencia, un golpe de Estado; el referéndum pacífico del 1-O, un tumulto sedicioso e ilegal, si no una rebelión violenta y armada que será juzgada en su día con todas las garantías.

Así que no hay que alarmarse. Al fin y al cabo, Catalunya puede tener un presidente preso como podría España misma si las investigaciones de la Gürtel se llevaran con rigor y justicia.