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sábado, 2 de julio de 2011

Dos casos de manual.


I.- Strauss-Kahn en el Ox-Bow Incident.

Cuando estalló el escandalazo de Dominique Strauss-Kahn (DSK) Palinuro mantuvo un prudente silencio a riesgo de que los críticos, que no pasan una, lo acusaran de no mencionarlo debido a sus supuestas simpatías sociatas. No había tal. Antes bien, había que el caso era demasiado típico, casi perfecto, evidente. Tanto que suscitaba sospechas razonables. De un lado podía construirse una historia melodramática muy convincente y que suele ser ideal para consumo de masas, siempre dispuestas a soliviantarse moralmente con las perversiones de los ricos, famosos, poderosos. El caso del gran banquero (aunque sea por delegación), acostumbrado a hacer lo que le da la gana y la oscura y modesta camarera, inmigrante para más señas, víctima de las demasías de los crápulas de las alturas. De otro lado se añadía que DSK, el modelo de triunfador, es socialista y se aprestaba a subir más en la jerarquía social presentándose candidato a la presidencia de la República francesa. Dos datos que añadían picante y morbo a la truculenta historia.
En cuanto al primer aspecto, el señor y la plebeya, el asunto recordaba las indignantes aventuras del malvado baronet y la infeliz huérfana a su merced, típicos de los melodramas de Guillermo Sautier Casaseca y Luisa Alberca con las que se amenizaban y moralizaban al tiempo las tristes vidas de los españoles en los años pre-televisivos del Invicto. Podía ser y, en verdad, puede seguir siendo cierto mientras las cosas no se aclaren del todo. Pero resultaba demasiado tópico, demasiado perfecto. Era tan increíble que obligaba, cuando menos, a suspender el juicio y esperar para no parecer los honrados ciudadanos de Bridger's Wells, en la magnífica peli de William A. Wellman, The Ox-Bow Incident, sobre la aun mejor novela de Walter Van Tilburg Clark. Unos adeptos a la ley de Lynch cuelgan a tres presuntos asesinos y cuatreros sin darles la oportunidad de defenderse ante un tribunal de justicia.
Pero en contra de esa restricción hablaban los dos datos picantes mencionados: un socialista y probable candidato a la presidencia de la République en lid con el hombre de la derecha, Sarkozy. Demasiado fácil: no se puede presentar a un violador como candidato a nada honorable. La derecha respiraba tranquila porque DSK era una amenaza cierta. Ahora sólo tendría que vérselas con alguien como Martine Aubry de quien se ha llegado a decir que quizá quedara en tercer lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por detrás de la hija de nacional Le Pen, cosa tampoco tan extraña pues ya le sucedió a Lionel Jospin con el propio Le Pen.
En la izquierda, esa que se ve a la izquierda de la socialdemocracia, la cuestión era evidente en sí misma: el afán socialdemócrata de contemporizar con los ricos, los capitalistas, corre parejo con la perversion e inmoralidad de su comportamiento que reproduce el de estos, con su tradicional desprecio por las clases populares, a las que someten a todo tipo de sevicias, incluidos los asaltos sexuales. El asunto no puede ser más absurdo porque implica extraer consecuencias morales de cuestiones políticas sin que haya base alguna para hacerlo. La sola insinuación de que la opción política determina un tipo de comportamiento moral personal es tan disparatada que no merece ni comentario. La base de todas las opciones políticas es el ser humano y el ser humano es igual (y distinto) en todas partes. Pero que sea disparatado no quiere decir que no sea útil. Porque, al fin y al cabo, si la derecha quiere cerrar el camino de DSK a la presidencia, la izquierda "izquierdista" también quiere sacar tajada: que la socialdemocracia desaparezca para ocupar su lugar, y puede caer en la tentación de emplear este medio tan falso para conseguirlo.
En el caso de que haya caso penal contra DSK, que está por ver y hasta hay quien dice que no lo habrá, el acusado lo será por su comportamiento personal, no por su opción ideológica directa o indirectamente. Y por lo tanto, a juicio de Palinuro, lo correcto, en todos los sentidos del término, hubiera sido callar y esperar. Puede que, después de todo, efectivamente, DSK sea culpable; pero no es seguro y hasta es posible que no lo sea en cuyo caso el tremendo daño que se le habrá infligido como persona ¿no dará que pensar? ¿O es que por ser socialista y/o rico ya no es persona?
II.-Teddy Bautista y la presunción de inocencia.

Menuda primera de Público. Está claro que tiene una finalidad connotativa que lleve a asociar la SGAE con ETA o, cuando menos, con la mafia. "Desmantelar" y "cúpula", dos términos de resonancias tremendas. Es un reflejo de la animadversión que concitaba Bautista en sectores amplísimos de la población; más concretamente, tod@s los obligad@s a pagar un canon que no tiene niguna justificación moral y que ha sido desautorizado. Pero no sé si ello puede llevar a poner al acusado desde ya mismo en la picota.
La SGAE se ha convertido en los últimos años en el adalid de los derechos de autor frente al gratis total de la red. Y en eso cuenta también con mucho apoyo. Palinuro, por ejemplo, cree que los creadores tienen derecho a vivir de su trabajo, a cobrar por sus obras. Pero no cree que ese derecho deba imponerse a base de cánones o de convertir en delincuentes sin más a quienes piratean contenidos. Parece razonable pensar que el derecho de propiedad intelectual debe adaptarse a las condiciones del mundo digital y de la red y redefinirse de forma que una mayoría social lo apoye y no se imponga por vía de decreto o de ley que pueda considerarse razonablemente injusta.
El percance judicial de Bautista suena muy verosímil pero también era muy verosímil la primera versión de la historia de Strauss-Kahn. Los delitos societarios, como los sexuales, tienen una especie de prima de crédito, esto es, se creen antes y más simplemente porque coinciden, al parecer, dando razón a un prejuicio: que a los hombres se les va siempre la mano sobre las mujeres y sobre la caja.
Es difícil pedir respeto a la presunción de inocencia para alguien que ha conseguido enemistarse con medio país o más. Pero hay que hacerlo y no dejarse llevar por pasiones que obnubilan el juicio. Bautista está en buenas manos, en manos de los jueces. Serán estos quienes decidan si es culpable o no y en qué medida. Pero sea lo que sea, inocente o culpable, es obvio que lo es con independencia de sus convicciones acerca del derecho de propiedad intelectual. Habrá quien diga que esas convicciones son fingidas. Es posible, pero ello no afecta al derecho en sí, sino al fingidor. No hay relación de causa efecto alguna entre la defensa del derecho de propiedad intelectual y una probabilidad de llevárselo crudo a casa distinta de la de la defensa de los derechos de los animales o de los gays a que los obispos no los llamen pervertidos, precisamente los obispos.

sábado, 30 de abril de 2011

Una utopía a la española.

El Círculo de Bellas Artes ha tenido el acierto de reeditar la que quizá sea la única utopía escrita en España en el siglo XVIII, algunos dicen que finales del XVII, Anónimo Descripción de la Sinapia, península en la tierra austral, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2011, 126 pp. Escrita, no publicada, pues a ver la luz hubo de esperar el texto hasta que en los años setenta del siglo pasado la publicaran un erudito canadiense, Stelio Cro, en inglés (1975) y el catedrático de historia español, Miguel Avilés (1976), en cuya edición se basa ésta que, además viene adornada con un excelente prólogo de Pedro Galera Andreu, del que saco los datos anteriores. En él el prologuista inserta Sinapia en la tradición utópica occidental y aborda los problemas de la autoría y la fecha de la obra.

El manuscrito se halló entre los papeles de Campomanes y no es disparatado atribuirle la autoría. Pero no hay nada cierto. En cuanto a la fecha, la discrepancia es grande. Cro piensa que se redactó en 1682 por razones de peso pero también por tales razones propone Avilés (y el prologuista) alguna fecha de mediados del XVIII. Carezco de competencia en la materia pero la pregunta que me intriga es: fuera en el XVII o en el XVIII, ¿por qué no se publicó? ¿Quizá por miedo a la Inquisición? Pero la obra dibuja prácticamente una teocracia católica e incluso habla de una forma de Inquisición.

En cuanto al autor será o no será Campomanes pero, desde luego, es un afrancesado. Algunas expresiones, como "poltronería" debían de ser recientes importaciones del francés o quizá del italiano. El único filósofo que se menciona es Mr. Descartes, así escrito, a cuya orientación se encomienda la educación en Sinapia. Cómo se compadece el cartesianismo con la posición dominante del catolicismo es cosa que ni se menciona. Además de afrancesado, el autor es hombre versado en leyes. El capítulo dedicado a la justicia en Sinapia es de un rigor técnico que sólo un avezado jurisperito alcanza. En realidad todo el escrito se lee no como una utopía en el sentido novelesco que tiene desde la de Moro, sino como un proyecto de estatutos de una comunidad ideal.

Porque Sinapia se organiza de una forma jerárquica y racionalista a lo largo de un eje patriarcal (los jefes son llamados "padres") en el que, sin embargo, la última palabra la tiene siempre la Iglesia. El clero está por doquier, desde la educación a los puestos políticos. Eso en cuanto a la práctica. En cuanto a la teoría los sinapienses cultivan tres tipos de ciencias que, de menor a mayor son: la natural, la moral y la divina. Es decir, dudo de que Sinapia sea una utopía pero, desde luego, el autor es español y afrancesado, una mezcla inestable. Hay más datos para señalar la hispanidad (o contrahispanidad) de Sinapia además del hecho de que el autor lo diga expresamente en la última línea de la obra, que Sinapia es el perfectísimo antípode de nuestra Hispaña. Aquí podría plantearse la cuestión de si no es muy típico del género utópico usar la comunidad ideal para criticar la propia. Lo es, pero la crítica está tan velada y los remedios son tan alambicadamente absurdos que la finalidad aleccionadora desaparece.

En España no hay utopías como sucede en Francia e Inglaterra, ni novelas de viajes porque lo que entonces se escribía y se leía eran todo viajes, exploraciones y, por así decirlo, "utopías reales". Desde las Cartas de Relación de Hernán Cortés a las obras del padre Las Casas, pasando por los diarios de Colón, la historia de Bernal Díaz del Castillo, las aventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca o los Comentarios del Inca Garcilaso de la Vega, todo son relatos maravillosos, noticias inesperadas de gentes nuevas y costumbres insólitas en la búsqueda de El Dorado. En España no hay utopías porque el país entero estaba administrando una. Si, además, la malbarató o no es asunto para otro debate. Tampoco en el XVIII hay viajes en pos del buen salvaje porque falta el espíritu filosófico de la Ilustración y su creencia en el derecho natural. Sinapia, como España, vive de espaldas a América pero también a Europa, ensimismada, al modo orteguiano.

La utopía es desde luego española por lo ruda. Escrita en un castellano magnífico, puro (exceptuado algún galicismo), la elegancia de la forma contrasta con la brutalidad de algunos aspectos. Por ejemplo, en Sinapia hay esclavos públicos y privados, a perpetuidad y temporales, perfectamente regulados. No hay pena de muerte pero sí destierro y esclavitud perpetuas. La manía normativa es el rasgo esencial del texto. Están reguladas hasta las fiestas y lo que en ellas se hace. Los sinapienses, dice el texto, son felices. Pero me cuesta creer que haya alguien que ansíe vivir en un medio en que le regulan hasta las horas que ha de dormir, siempre de modo racional, eficiente, ahorrativo. Es más, si hay que buscar un entronque a Sinapia quizá pueda encontrarse en las distopías del siglo XX. Eso ya sería mérito.

El tributo que se paga a Moro y a Campanella es que Sinapia es una utopía comunista en la que no hay propiedad privada ni dinero. Tengo la sospecha de que esta tendencia de los utopistas a abolir el dinero es prueba de que quieren hacerse las cosas fáciles porque, si se elimina el dinero, hay que ponerse a planear cómo funciona todo mientras que, cuando hay dinero, las cosas funcionan solas (aunque no siempre con resultados justos) y los utopistas se quedan sin trabajo.

Sinapia es feliz porque, además de que no hay dinero y todo el mundo trabaja lo mismo, desde el príncipe al último peón, también se ha abolido la nobleza. No sé cómo encaja esto en la putativa autoría de Campomanes, que era conde; claro que fue conde por nombramiento real y todo depende de cuando se scribiera el texto, si antes o después del nombramiento.

Una utopía española. Tampoco somos tan distintos: creemos que podemos encontrar la felicidad en las antípodas.

sábado, 15 de enero de 2011

¿Se puede criticar a los expresidentes?

Palinuro ayer sobre Túnez




¿Criticar? Sin duda, supongo.

El asunto arranca de los recientes fichajes de los expresidentes González y Aznar como asesores de sendas empresas transnacionales de electricidad (y gas) con emolumentos cuantiosos y sobre lo cual también hay una entrada de Palinuro en días pasados, titulada Hay cosas que no se hacen. Así me ahorro reiterar qué me parece la cosa en sí que, a diferencia de la kantiana, está clarísima.

Pretendo ahora proseguir el asunto y, de paso, examinar algún argumento que he leído por ahí.

En cuanto al asunto, otro de los aspectos más feos es que a dos semanas de anunciar a los españoles que el recibo de la luz va a subirles un 10 por ciento, dos de las empresas eléctricas anuncien que van a gastar 200.000 euros en pagar los servicios de Aznar como asesor y unos 150.000 (o algo así, las cifras bailan) los de González. Así que ya saben los españoles a qué bolsillos va a parar una parte de ese aumento del 10 por ciento. Los que tengan sentido del humor pueden preguntar por qué sale más caro el asesor de la derecha que el de la izquierda. Es un desdoro para ésta. González debiera poner un precio más alto a sus servicios. Claro que, como se centran en Latinoamérica (a diferencia del otro, con más altos vuelos cosmopolitas), se habrá tenido en cuenta la relativa pobreza de la región.

Al margen de esto, que es un asunto de coyuntura y de mal o buen gusto, la decisión de González es criticable desde la izquierda en un plano concreto y otro abstracto. En el concreto, procede aclarar la naturaleza de las actividades de la empresa a la que asesora en América Latina y, más específicamente, en Guatemala. Hay que investigar la acusación de que esa empresa esté involucrada en el asesinato de activistas contrarios a su implantación en el país. Si la acusación no es cierta, que se proceda judicialmente; si es cierta, un político de la izquierda no puede asesorar a una empresa bajo tal sospecha.

En el campo abstracto tiene uno la impresión de que alguien de la izquierda (incluso la socialdemócrata que reconoce la importancia de la empresa en la sociedad), especialmente alguien que acumula una experiencia única, debe tender a emplear sus energías en difundir sus ideas y luchar por sus ideales. Si, al tiempo, quiere rentabilizarlas, está en su derecho: que escriba libros, dé conferencias, cursos y seminarios, haga películas y/o vídeos, monte una academia, una editorial, una universidad y cobre por ello; que invente algo. Pero reconozco que esto es muy subjetivo.

Es obvio que González no es Aznar. Pero eso no lo pone por encima de la crítica ni mucho menos hace bueno lo que puede ser malo. Esa es una actitud acrítica impropia de la izquierda. González debe ser objeto de crítica precisamente porque tiene una autoridad moral nada frecuente. Si esa se ensombrece su responsabilidad es doble. El valor de la crítica política, como el del movimiento, se demuestra andando. Confiar la legitimidad de la propia posición en la capacidad para criticar y ser criticado, pero trocar toda crítica en una alabanza servil es una actitud lamentable, aunque pueda ser conveniente.

El caso de Aznar, con quien ahora puede compararse a González, cosa que antes de esa decisión de asesorar no podía hacerse, es muy distinto, desde luego. Empezando por el hecho de que este contrato de asesor del político de la derecha no es el primero sino el tercero o el cuarto o váyase a saber. Siguiendo por el de que alguna de las empresas asesoradas, (omo esta Endesa y al igual que Gas Natural en relación a González) en su día se benefició de una decisión tomada por el ahora asesor en su condición entonces de gobernante. Y terminando con el de que todo ello lo hace en un clima de escándalo retórico permanente. El hombre se ha convertido en una figura mediática originalísima, el personaje de un género nuevo del periodismo que podríamos llamar periodismo del corazón de oro.

Lo criticable de Aznar no es que firme contratos de asesor bien remunerados a porrrillo. Eso es congruente con la derecha. Sus militantes suelen intercambiar los cargos políticos con presidencias de bancos, cajas, organismos financieros, consejos de administración y todo tipo de bicocas. Si bien es cierto que parte de la izquierda también gusta de figurar en la pasarela de entes financieros. Lo criticable de Aznar no es lo que asesora o por cuánto lo hace, sino lo que va diciendo por los caminos del Señor, entre consejo y consejo. Esas soflamas apocalípticas de "arrepentíos, pecadores, que llega el fin del mundo", provocan reacciones indignadas y encendidas del partido gobernante. Ahí está el señor Zarrías llamándolo mercenario y felón minutos después de que el propio Aznar calificara al Gobierno de la Nación (según adora decir el personal) de incapaz, incompetente e insolvente, que tampoco está mal como muestra de la forma en que la derecha arrima el hombro en momentos de zozobra generalizada.

Esas reacciones airadas a los despropósitos aznarinos en realidad alimentan la tremolina que el personaje se cree obligado a montar dentro del modelo del mencionado periodismo del corazón de oro. Aznar cosecha porque siembra y quienes lo enfilan en sus ataques le abonan el terreno. ¿Qué cómo puede decir el que hablaba catalán en la intimidad que lo de las autonomías es insostenible? Pudiendo. Lo suyo es montar el escándalo. ¿Por qué?

Primero porque así firma más contratos. Segundo porque de ese modo se pasan por alto tres circunstancias que afectan decisivamente a su partido: 1ª) no tiene programa salvo aplicar las medidas que, según dice, está obligado a aplicar Zapatero y multiplicadas por dos; 2ª) está literalmente corroído por por las causas judiciales abiertas, alguna tan pasmosa como la Gürtel; 3ª) su interior es un patio mal avenido en un compás de espera tenso y que de vez en cuando estalla en alguna reyerta. La última, la de Álvarez Cascos, de mucho tronío.

(La imagen de Felipe González es una foto de www_ukberri_net; la de José María Aznar, de Pontificia Universidad Católica de Chile, ambas bajo licencia de Creative Commons).

martes, 3 de noviembre de 2009

Sujeteros.

La Casa Encendida de Cajamadrid, en la Ronda de Valencia, que es un curioso edificio del modernismo industrial madrileño de comienzos del siglo XX, alberga una exposición de Thomas Hirschhorn llamada Subjecters que es una muestra representativa de la obra de este peculiar artista que trabaja con materiales industriales de todo tipo, empezando por los maniquíes, para transmitir un mensaje crítico de la vida contemporánea de mucho impacto visual. Los cuerpos agujereados, taladrados, destrozados, los materiales plásticos en forma de vísceras desparramados por el suelo, la aglomeración de efectos y referencias simbólicas al buen tuntún, la inexistencia de puntos centrales de atención en composiciones enormes, extensas, que ocupan paredes enteras muestran imágenes que nos acompañan cotidianamente y a las que no prestamos muchas veces atención específica porque son como el decorado de nuestra existencia aunque suelan referirse a cuestiones de calado, de las que no somos enteramente conscientes porque las vemos de refilón, al pasar. Pero articulan nuestro universo visual que aquí adquiere protagonismo y por eso el título de Subjecters: paisaje urbanos destrozados por explosiones terroristas, cuerpos mutilados, descoyuntados, sembrados en el pavimento, edificios derruidos, amasijos de hierros en accidentes ferroviarios o de carretera y sangre, mucha sangre.

Este Hirschhorn, aunque suizo de nacimiento, trabajó siempre en París y en concreto en el grupo artístico Grapus, compuesto por afiliados al Partido Comunista francés, gentes que entendían el arte como un frente más en la lucha de clases y llevaban a él tácticas revolucionarias que trataban de suscitar conciencia de clase empleando técnicas tradicionales del agit-prop con desarrollos nuevos procedentes de la estética sesentayochera como el uso de imágenes ajenas, singularmente comics para transmitir mensajes políticos radicales. A partir de los años noventa con el batacazo final del comunismo, esta tendencia marxista entra en la crisis habitual y los miembros de Grapus se dispersan. Hirschhorn conserva, como se ve, una fuerte carga iconográfica revolucionaria y crítica del presente.

Es interesante ver estos productos que luchan en contra de una imagen adocenada del arte en todos los frentes, desde el de la mera forma hasta el carácter poco convencional del contenido. Un arte que cumple una función que siempre ha estado entre las que competen a la labor creadora: la de servir de revulsivo de la complacencia de la vida contemporánea. Todos sostenemos el mundo, pero sólo unos cuantos se benefician de él.

La misma casa encendida alberga otras dos exposiciones de cierto interés con lo que quien se acerca a ella sale bien servido. Una de Eva Lootz llamada Viajes de agua que es una especie de llamamiento para concienciarnos del creciente problema del agua en el mundo basado en imágenes y textos admonitorios y que encuentro algo ñoña y otra colectiva, llamada camuflajes que tiene cierto chiste: imágenes en las que la figura principal se confunde con el paisaje, el entorno, el adorno. Es exposición colectiva con unos treinta artistas que hacen sus aportaciones peculiares a esa propuesta programática del camuflaje: ¿cómo puede confundirse una figura? Y está sí tiene una finalidad exclusivamente estética, aunque, cuando de camuflarse, de ocultarse o disimularse se trata tiene uno la sospecha de que se ataca a un nervio sensible de la conciencia contemporánea en la que conviven dos tendencias antagónicas: el ansia de popularidad y notabilidad con el miedo a volar, esto es a singularizarse, a que lo señalen a uno como apartado del mainstream. La muestra, la de cientos, miles de veces que se escucha en todas las ventanillas del intercambio social, desde los discursos sublimes que otorgan premios hasta la ácida pelea matrimonial, pasando por las anécdotas en los bares a la hora del aperitivo, el valor que tiene que cada cual sea "uno mismo", sin seguir modas ni tendencias; una tendencia tan a la moda que suele ocupar las portadas de las revistas del corazón en donde cualquier petardo famoso expone a la pública curiosidad el diseño exclusivo del salón de su casa en el cual se camufla mejor que el insecto palo en su medio.