sábado, 28 de enero de 2017

Triste Vistalegre

Al comienzo de la peripecia de Podemos se me ocurrió detectar cierta tendencia a vender la piel del oso antes de cazarlo. No les gustó nada. Desde luego, las metáforas tienen su tiempo. A veces se perpetúan. Ya no se cazan osos para vender su piel, es de suponer, pero sigue habiendo gente que cree tocar el cielo con la mano, aunque no levante un palmo del suelo.

El ánimo que rodea hoy a Podemos es el de decepción. A veces se formula con refinada y devastadora gracia, pero decepción es, al fin y al cabo. Las encendidas promesas del principio, las expresiones como venablos ("casta", "régimen"), la crítica radical se han convertido en un parloteo confuso como de corrala medio ideológica/medio personal que no interesa a nadie y produce auténtica irritación.

Un partido en buena medida alzado por los medios gracias al uso inteligente de estos que supo hacer, aparece ahora zarandeado y hasta maltratado por esos mismos medios.  La razón es obvia: los medios queman. Mantener durante dos años una omnipresencia mediática solo puede hacerse renovando imágenes y contenidos. Si las primeras se quedan y los segundos se acaban es el propio partido el que se convierte en noticia a base de sus líos internos. Algo tan nefasto como cuando la noticia de un medio es él mismo, cosa que normalmente no interesa a nadie más. Lo mismo con Podemos: las imágenes, los rostros, se mantienen; los contenidos se han esfumado. Nunca fueron gran cosa pero ahora se han convertido en meras glosas de los acontecimientos políticos cuya iniciativa reside en otra parte. Esa falta de contenidos no puede sustituirse con consignas o jaculatorias del tipo de "mantendremos la unidad conciliando nuestras diferencias" cuando todo el mundo ve que no es cierto.

Lo sabían desde el principio, lo habían teorizado: la acción política de la izquierda tiene que hacerse ver en los medios, tiene que proyectar una imagen ganadora. Son seguidores de la doctrina del giro pictórico, de William  J. T. Mitchell. Las imágenes han desplazado a las palabras como medios de construcción/interpretación de la realidad. Ahí estaba el oso. Pero no lo cazaron. Porque, diga lo que diga Mitchell, detrás o delante o encima o debajo de las imágenes tiene que haber conceptos. Y no los hay.

Así, ¿qué imagen proyecta ahora Podemos? Pésima. Un batiburrillo de narcisistas y ególatras enzarzados en cuestiones reglamentistas, orgánicas que a nadie interesan pero que están cargadas de consecuencias para la adopción posterior de líneas de acción y doctrinas sobre las que, sin embargo, nada se debate. Detrás de los debates ideológicos hay siempre ideólogos de carne y hueso con sus proyectos personales. Y el de muchos de estos parece ya bastante claro: colar al viejo y carcomido Partido Comunista so capa del reverdecer de una izquierda antisistema surgida espontáneamente.

Una imagen de pendencia interna en todo similar a las que aquejaban a la antigua IU, antes de su imprecisa adscripción actual a Unidos Podemos. Las mismas quejas en foro público sobre la inconveniencia de salir al foro público. Similares dimes y diretes normalmente fastidiosos. A la agitación se añade la tendencia anticapitalista que no va por libre enteramente pero tampoco está integrada en el bloque y monta su propia presentación con recurso al mundo del espectáculo. Y, además de ello, el factor territorial que todavía fragmenta más la inicial y unitaria voluntad de conseguir por fin el ansiado sorpasso y consiguiente aniquilación del PSOE. 

A lo mejor es cierto que, como explicaban sus teóricos entonces, Podemos aprovechó la "ventana de oportunidad" que abrió la crisis y la espontánea movilización social del 15M. Pero también parece serlo que la ventana se ha cerrado. Y Podemos todavía no ha definido cómo se organizará ni qué línea general o estratégica seguirá. El congreso no va a reabrir la ventana. Va a cerrarla más en su empeño de mantener la matrioshka que es el fondo de su alma: dentro de Podemos, IU; dentro de IU, el PCE, del que nadie habla, ni sus mismos militantes, como Garzón, pero al que todos tienen en mente.