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lunes, 20 de octubre de 2014

La nación incierta.


Carlos Taibo (2014) Sobre el nacionalismo español Madrid: la catarata, 110 págs.
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Uno de los rasgos más característicos del nacionalismo español es la vehemencia con que lo niegan quienes lo practican. Escucha uno hablar a los políticos castellanos, andaluces, murcianos, extremeños y sale convencido de que en España no hay nacionalistas. Los nacionalistas son los catalanes, vascos y gallegos. El resto de los españoles está libre de esta terrible tara, de forma que debe de ser el único pueblo del mundo exento de ella.  Tanto es así que Taibo comienza su libro con una pregunta, "¿existe el nacionalismo español?" a la que dará respuesta dejando patente que, en efecto, existe como una concepción hegemónica dominante, excluyente, monopólica. Es, pues, una obra dedicada a desvelar una de las supercherías más características, esto es, la de que en España no hay nacionalismo y que los nacionalismos que en ella se dan son los "periféricos".
 
Coincido con el autor en este punto y no es el único en el que coincido. Practicamente lo hago con el conjunto de la obra, de forma que casi podría ahorrarme la reseña porque bastaría con decir que no tengo gran  cosa que añadir a lo que en ella se expone. No obstante, como hasta en las coincidencias hay matices, no será ocioso comentar los rasgos más interesantes de este breve trabajo que, según explica el propio Taibo, es una ampliación y profundización del prólogo que escribió en su día para un libro colectivo sobre este apasionante tema del nacionalismo español hace unos años.
 
Una vez refutada la idea de que España sea la única tierra del mundo libre de nacionalismo y asentada la de que es cuna de una de sus formas más agresivas, obstinadas y autoritarias, Taibo hace un recorrido por sus manifestaciones y rasgos. Distingue así un nacionalismo español esencialista y otro "pragmático", esto es, el que se postula por mor de la estabilidad política del país. No coincidente con esta división, pero muy relacionada con ella, se da la distinción entre nacionalistas ultramontanos y liberales, algo que la historiografía española señala con frecuencia. Es mérito del autor, que este crítico aplaude, señalar que, en realidad, ambos nacionalismos coinciden en su idea de la nación española como "invención de la tradición" (p. 39). Y me atreveré a decir que se queda corto. El nacionalismo español por antonomasia, el que siempre triunfa, se impone, coarta las posibilidades de expansión social de España es el más brutal y retrógrado, el nacionalcatolicismo, y el de estirpe liberal no pasa de ser otra invención de una historiografía llena de buenos deseos, porque, siempre que hay un problema, el sedicente nacionalismo liberal hace causa común con el nacionalcatolicismo, se funde con él, como sucede hoy día cuando, ante el llamado "órdago" catalán, Pedro Sánchez afirma estar con el gobierno de la derecha sin fisuras.
 
Una de las funciones de ese timorato y claudicante nacionalismo liberal es elaborar la doctrina puramente ideológica de que el desarrollo de España no tiene nada de excepcional y que, al contrario, es normal y homologable con el de las naciones del entorno. Atinadamente, Taibo pone en solfa esta cuestión (p. 46) y por parte de este crítico solo cabe señalar que se trata de un discurso legitimatorio de una realidad nacional como la española que solo ha podido mantenerse a lo largo de la historia mediante el empleo de la fuerza.
 
En la perspectiva actual, Taibo analiza el hecho de que la Constitución vigente española sea, en realidad, el principal baluarte de la concepción más obtusa y cerrada del pais como una única nación y la negación de todas las demás. El alambicado artículo 2, en conexión con el 8, que confía la integridad territorial de España al ejército, es muestra de una retórica redundante que prueba cómo el núcleo mismo del orden constitucional es la obsesión con el peligro de la fragmentación de España. Esto es suficientemente conocido. Menos lo es el tema que aborda el autor a continuación, el de la consulta en Cataluña que los nacionalistas españoles -esos que no son nacionalistas- rechazan al entender que no es aceptable se reduzca solo a Cataluña, ya que son todos los españoles quienes tienen derecho a votar en un asunto que a todos afecta. Aparte de señalar el absurdo de que quienes sostienen este punto de vista no saben cómo explicarse los casos de Escocia y Quebec, Taibo hace ver que esta posición, en realidad, es un cerrojazo a la posibilidad del ejercicio del derecho de autodeterminación de los catalanes, que el sistema político español niega de raíz (pp. 79). Negación de ese derecho es también la propuesta sucedánea socialista de reformar la Constitución en un sentido federal. Por mi parte he sostenido siempre igual punto de vista. Afirmar que no puede haber una consulta catalana sino que han de participar todos los españoles es una prueba de mala fe evidente ya que se presume que los españoles negarán la autodeterminación catalana por abrumadora mayoría. Dado que los catalanes son una minoría estructural en España, que jamás llegarán a ser mayoría, obligarlos a aceptar la decisión de la mayoría es llamar democracia a lo que no es otra cosa que la tiranía de la mayoría.
 
Analiza luego Taibo cinco argumentos que el nacionalismo español ha esgrimido en contra del catalán: 1º) si Cataluña es o no una comunidad política propia, que es obvio; 2º) si fue independiente en el pasado, que es irrelevante; 3º) si la autodeterminación tiene un tope en cuanto a las unidades territoriales que la ejerzan, que es razonablemente claro; 4ª) de quién sea la soberanía, ya tratado; 5º) si el independentismo catalán es algo más que la insolidaridad de los ricos, que quieren quitarse de encima los deberes para con los pobres (p. 81). Todos los argumentos, y algunos otros, como los rasgos del derecho de autodeterminación, su titularidad, la temporalidad de su ejercicio, etc, han sido ya debatidos y ninguno tiene especial consistencia. Por cierto, respecto al de que, siendo una nación rica, Cataluña quiere la independencia por razones insolidarias, cabe replantear la cuestión en otros términos. El problema no está en que haya zonas ricas en una entidad política; el problema reside en porqué las hay pobres. Sobre eso es sobre lo que hay reflexionar.
 
Dos capítulos más de la obra merecen reseña especial por lo atinado de su punto de vista: el del trasfondo económico del nacionalismo español frente a Cataluña y el muy interesante de la cuestión lingüística que, más o menos, sigue como en los tiempos de Nebrija: a una única nación en España corresponde una única lengua.
 
En resumen: no solo hay nacionalismo español sino que es tan agresivo, autoritario y excluyente como siempre y, en gran parte, impulsor del soberanismo catalán.